ALIMENTEMOS NUESTRO ESPÍRITU COMO LO HACEMOS CON NUESTRO CUERPO


La mayoría de nosotros, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos estamos pensando en la comida o por lo menos procuramos que no nos haga  falta aunque sea un plato de fréjoles en nuestra mesa para poder tener fuerzas durante el día.


Pero, ¿qué pasa con nuestro Espíritu? Muchas veces se nos olvida que somos una unidad entre cuerpo, mente y espíritu, que somos lo que comemos.
Para alimentar nuestro cuerpo, somos nosotros los que  decidimos lo que comemos, buscamos lo que es mejor, lo más bueno, lo que nos satisface y procuramos  no comer lo que nos hace daño. Pero ¿qué pasa con el Espíritu y la mente? caemos en el error de dejar que sean otros los que lo llenen, lo alimenten según su parecer o simplemente no lo alimentamos, luego nos quejamos que Dios no existe, que no nos oye o que no le importamos.

Debemos tener en cuenta que no podemos esperar estar fuertes y sanos si no nos cuidamos y alimentamos, esto en cuanto al cuerpo, lo mismo pasa con nuestro Espíritu, si queremos estar sanos, fuertes y saludables debemos alimentarlo a diario con la oración, la Eucaristía, estudiar y meditar Las Sagradas Escrituras, curarnos del pecado acudiendo al sacramento de la Confesión.
Como postre podemos llevar con nosotros algunas oraciones de bolsillos, aprendernos alguna jaculatoria  o alguna frase de algún santo que nos  acompañen a donde quiera que vayamos.


Que en nuestras recetas tengamos el texto de San Juan 3,35 les dijo Jesús:

«Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed. Acudamos a ese alimento que nunca se acaba y que nos da vida para siempre. ¡Por eso, no esperemos más y llenémonos de Dios! Que no lo veamos como algo opcional sino necesario e indispensable.

Claudia Puac

Novicia MAR





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