LECTIO DIVINA. BAUTISMO DEL SEÑOR Mt 3, 13-17

CONTEXTO: Cerramos el tiempo litúrgico de la Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor, en la que renovamos nuestras promesas bautismales, para retomar el compromiso de nuestra vida cristiana. Juan exige el arrepentimiento, la confesión pública, la enmienda como fruto y, como señal de purificación, el bautismo. El paso por el agua recuerda el paso del Mar Rojo y el Jordán. Frente a los proyectos de la élite judía (fariseos y esenios) se encuentra en el movimiento bautista una aguda preocupación por anunciar a todos la salvación. El bautista es el enlace entre los profetas y Jesús: lo que los profetas vieron o entrevieron como futuro, él lo muestra ya como presente[1].
¿QUÉ DICE EL TEXTO? Jesús pasa de Galilea al Jordán para que Juan lo bautice (v.13), Juan se resiste porque se ve indigno de ello (v.14) Jesús se lo pide como manera de realizar la justicia plena, aceptando entonces Juan (v.15).Una vez bautizado Jesús y saliendo del agua se abrió el cielo y vio al Espíritu de Dios, bajando como una paloma que se posaba sobre él (v.17) oyéndose la voz del Padre, que decía: “Este es mi Hijo querido, mi predilecto” (v.16).
El v. 13 marca la aparición de Jesús adulto en la escena evangélica. Lo anterior es Juan, su mensaje, su urgencia, sus invectivas. Lo que sigue es Jesús, Dios con nosotros (Mt. 1, 23), el que salva a su pueblo de sus pecados (Mt. 1, 21). ¡Jesús ya está entre nosotros!
La brevedad con que narra Mateo esta escena deja, muchas preguntas sin responder ¿fue Jesús discípulo de Juan? ¿por qué se sometió Jesús al símbolo ritual de purificación? En el relato se narra un hecho histórico: Jesús es bautizado por Juan con lenguaje de la apocalíptica; signo de ello es el rasgarse el cielo que posibilita la aparición del Espíritu Santo y la audición de la voz divina. Como resultado, en el decir de Schokel, se tiene un relato de vocación sapiencial-apocalíptica. Con el reconocimiento por parte del Bautista de la superioridad de Jesús, Mateo responde tanto a los discípulos de Juan que habían sobrevivido a la muerte del profeta, como a los primeros cristianos que podían escandalizarse del gesto de Jesús. Si el rito era para otros señal de arrepentimiento, para Jesús es plenitud de la justicia. El evangelista adelanta así uno de los temas fundamentales del reinado de Dios. La justicia de Dios no es otra cosa sino su voluntad de salvación gratuita ofrecida a todos sin discriminación, y es esta justicia la que Jesús llevará a plenitud en cada palabra y en cada gesto de solidaridad y de perdón con que acogerá a los pobres, oprimidos y alejados. Bautizándose con los pecadores en el Jordán, Jesús carga sobre sus hombres solidarios todo el peso del pecado y del sufrimiento humano. Que el padre lo señale como hijo predilecto hace explícita su misión. El gesto bautismal de Jesús viene completado con la visión celestial, en forma de estructura trinitaria, puesta de relieve por la tradición cristiana: voz del Padre, presencia del Espíritu y título de Hijo. Es la segunda epifanía, la manifestación solemne de una identidad que ya se había ido perfilando en los capítulos de la infancia. La expresión “este es mi Hijo predilecto (v.17) es una adaptación de las palabras del Señor dirigidas al Siervo (Is 42,1), figura misteriosa que, aunque inocente, sufre por su pueblo. Y así, al gesto de Jesús se une la palabra del Padre para indicarnos que este Hijo es también el Siervo sufriente de Dios[2].

¿QUÉ ME DICE  A MI EL TEXTO? 
Me fijo en el Padre (la voz): Jesús es el "siervo de Yahveh" que quita el pecado del mundo y está dispuesto a padecer por todos los hombres (cfr. Is 53, 10-12; Mt 20, 28). Esta es además la voluntad del Padre, a la que ambos, Jesús y Juan, deben atenerse (cfr. Lc 3, 2ss).
El "cielo se abre" no para mostrar lo que esconde (cfr Ez 1, 1), sino para dar al Espíritu que desciende en forma de paloma. Isaías rogó fervorosamente a Yahveh "nuestro Padre" y "nuestro Salvador" (63,16) para que rompiera ya su prolongado silencio y dirigiera su rostro y su palabra al pueblo: "¡Ah, si rasgases los cielos y descendieses....!" En el relato evangélico tenemos la respuesta de Dios a la petición de Isaías: Ha llegado el tiempo de la gracia y los cielos se rasgan para dar paso al Espíritu de Dios que actuará por las palabras y obras de Jesús salvando a los hombres. Lo importante es que en Jesús, la Palabra de Dios, Dios sale al encuentro del hombre.

Me fijo en Jesús. Jesús no fue una persona aparente, sino real y verdaderamente hombre. Esta es tal vez la razón por la que Mateo completa su relato hablando de la otra dimensión, no menos real, de Jesús: la dimensión divina. El que salva a su pueblo de sus pecados es Dios con nosotros.
Jesús abandona ya Nazaret y su vida oculta para iniciar, a partir de su bautismo en el Jordán, la vida pública. La acción pública de Jesús en el mundo, es sin duda, lo más importante y decisivo en la historia de la salvación, es lo que propiamente interesa a sus testigos y a los creyentes. Los discípulos de Jesús darán testimonio de cuanto vieron y oyeron a partir del Bautismo hasta la Ascensión.
Jesús, libre de todo pecado, no tenía por qué bautizarse, pero lo hace como cabeza de una humanidad pecadora con la que se ha hecho solidario (cfr. 2 Cor. 5, 21).
Jesús es el portador del Espíritu, quien cumple a la perfección la voluntad de Dios, quien se entrega por los hombres en plena solidaridad con ellos.
"Conviene que se cumpla toda justicia" significa someterse al plan de Dios revelado por las sagradas Escrituras; plan de Dios que se revela como proyecto de humildad y de solidaridad. Estas breves palabras, las primeras de Jesús, definen su actitud profunda; ha venido a cumplir el plan de Dios, y no permite que nada le aparte de él. Su actitud profunda es la sumisión, la obediencia que se expresa como una lógica de humildad y de solidaridad con todo el pueblo pecador.

Me fijo en Juan: Aquí se da a entender que Juan conocía ya personalmente a Jesús y que tenía conciencia de su misión, aunque no conociera su altísima dignidad como Hijo de Dios.
En el Evangelio según San Juan se dice que el Bautista dio testimonio de que Jesús era "el elegido de Dios" y que así atestiguó lo que él había visto y oído. El bautista pudo apoyar su testimonio en esta voz que viene del cielo, y en el Espíritu que desciende sobre Jesús.
Juan bautiza en el Jordán. Esta actividad de Juan es distinta de las abluciones rituales de la comunidad de Qumram, ubicada en parajes cercanos. Jesús viene de Galilea. No hay ninguna explicación del por qué Jesús quiere ser bautizado, pero su intento choca con la oposición del Bautista. Existió ciertamente una dificultad en la primera comunidad cristiana en cuadrar teológicamente el hecho de que Jesús recibiera el bautismo de Juan, pero se trata de una escena testimoniada por los tres evangelios sinópticos al inicio de la actividad de Jesús.
"Soy yo el que necesito que tú me bautices...": No se trata de un auto-reconocimiento de Juan como pecador, sino de subrayar que es precisamente Jesús el que, como Mesías, tiene el poder de bautizar auténticamente con el Espíritu.

¿QUÉ ME HACE DECIR EL TEXTO A DIOS? Señor Jesús, me quedo muda ante este pasaje. Trinidad, bautismo, misión, entrega total, salvación, obediencia, filiación: toda nuestra doctrina está condensada en este relato. Tu Bautismo es mi bautismo, tu filiación es mi filiación, tu misión es mi misión, tu obediencia es mi obediencia, tu salvación es mi salvación.
Tú, Santa Trinidad, me inhabitas…¡qué grandeza de misterio!. No soy nada, Señor, Tú lo eres todo.
Gracias por este misterio tan inmenso de tu Salvación. Gracias por tu humillación. Con tu humillación nos divinizas. Danos la gracia de ser auténticos, verdaderos hijos/as como tu, para así prolongar tu misión en esta tierra y llevar el mensaje salvífico de tu amor que se entrega.
Me envías Señor, con la fuerza de tu Espíritu a dar testimonio de ti, como lo hizo Juan. Que yo mengue Señor, para que tú crezcas, que yo no ponga resistencia a tu acción; que cada día siga siendo esa mendiga que toca a la puerta de tu misericordia para que me des el “pan de cada día”: Eucaristía de amor, cuerpo de tu Cuerpo y vida de tu Vida.
Acompáñame María, en este itinerario de la vida pública de tu Hijo Jesús. Cada día pueda vivirlo en su presencia, acogiendo sus gestos, su Palabra y dejándome transformar por su Espíritu para que en  El mismo me pueda configurar.

Juan sabía que era él quien bautizaba en el Espíritu Santo, antes de que nuestro Señor se presentara a ser bautizado. Pero entonces aprendió, por una gracia que recibió allí, que la potestad de bautizar era tan personal que no la transfería a nadie. ¿Cómo probamos que Juan sabía ya antes que el Señor iba a bautizar en el Espíritu Santo? ¿De dónde se deduce que aprendió en la paloma que el Señor iba a bautizar en el Espíritu Santo, de forma que esa potestad no era transferible a ningún hombre? ¿Qué prueba tenemos? La paloma desciende cuando el Señor había sido ya bautizado; mas está claro que Juan ya conocía al Señor antes de que se presentase al bautismo, por las palabras que dijo: ¿Vienes tú a que yo te bautice? Soy yo más bien quien debe ser bautizado por ti. Luego sabía ya que era el Señor, que era el Hijo de Dios.
¿Cómo probamos que también sabía que bautizaba en el Espíritu Santo? Antes de que Jesús se acercase al río, viendo que venían muchos a él para ser bautizados, Juan les dijo: Yo ciertamente bautizo con agua; pero el que viene después de mí es mayor que yo, pues yo no soy digno de desatar siquiera la correa de su calzado. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego (Mt 3,11). Así, pues, también esto lo sabía. Según eso, ¿qué fue lo que aprendió por la paloma, para no tacharle de mentiroso, de lo cual Dios nos libre? Aprendió que habría en Cristo una propiedad tal, en virtud de la cual, aunque fuesen muchos los ministros, santos o pecadores, la santidad del bautismo sólo se otorgaría a aquel sobre quien descendió la paloma, pues de él se dijo: Éste es el que bautiza en el Espíritu Santo. Bautice Pedro o Pablo o Judas, siempre es él quien bautiza. (San Agustín. Comentarios sobre el evangelio de San Juan 6,5-8)

Nieves María Castro Pertíñez. MAR





[1] Schokel, J.L. La biblia del peregrino. Mensajero 2007, p. 1513
[2] Ibib. P. 1514

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