LECTIO DIVINA- IV DOMINGO DE CUARESMA, CICLO A- JUAN 9, 1-41
CONTEXTO:
Continuamos caminando hacia la pascua
en este cuarto domingo de cuaresma. La Palabra se nos revela y pide respuesta.
¿Qué le vamos a decir nosotros?
Jesús ha proclamado que es la Luz del
mundo (8,12). Sabemos que el evangelio de Juan contiene siete signos en
progresión para revelar la gloria de Dios en Jesús, hasta la resurrección. A
cada signo antecede un discurso. En estos momentos, después de la proclama
sucede el signo. Más allá de lo físico, Juan nos revela lo simbólico: “Yo soy
la luz del mundo, el que me siga no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz
de la vida” (8,12). Y viene lo paradigmático; hoy es un ciego el que recobra la
vista y en un proceso progresivo de conocimiento, a través de su experiencia y
del encuentro con Cristo, confiesa la fe en Jesús, aun a costa de ser expulsado
de la sinagoga. Mientras tanto, los que creen poseer la luz y la fe, quedan
ciegos. Escuchemos y entremos a la palabra “sin más luz y guía que en la que en
el corazón ardía” dirá San Juan de la
Cruz.


EL TEXTO
1. Al pasar vio a un hombre, ciego de nacimiento. 2. Sus discípulos le
preguntaron: "Rabí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que naciese
ciego?" 3. Jesús les respondió:
"Ni
él ni sus padres, sino que ello es para que las obras de Dios sean manifestadas
en él. 4. Es necesario que cumplamos las obras del que me
envió, mientras es de día; viene la noche, en que ya nadie puede obrar. 5. Mientras estoy en el
mundo, soy luz de (este) mundo". 6. Habiendo dicho esto,
escupió en tierra, hizo barro con la saliva y le untó los ojos con el barro.
7. Después le dijo: "Ve a lavarte a la piscina del Siloé", que se traduce "El Enviado". Fue, pues, se lavó y volvió con vista. 8. Entonces los vecinos y los que antes lo habían visto - pues era mendigo - dijeron: "¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna?".
9. Unos decían: "Es él"; otros: "No es él, sino que se le parece". Pero él decía: "Soy yo".
10. Entonces le preguntaron: "Cómo, pues, se abrieron tus ojos".
11. Respondió: "Aquel hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó con él los ojos y me dijo: "Ve al Siloé y lávate". Fui, me lavé y vi". 12. Le preguntaron: "¿Dónde está Él?" Respondió: "No lo sé". 13. Llevaron, pues, a los fariseos al que antes había sido ciego.
14. Ahora bien, el día en que Jesús había hecho barro y le había abierto los ojos era sábado. 15. Y volvieron a preguntarle los fariseos cómo había llegado a ver. Les respondió: "Puso barro sobre mis ojos, y me lavé, y veo". 16. Entonces entre los fariseos, unos dijeron: "Ese hombre no es de Dios, porque no observa el sábado". Otros, empero, dijeron: "¿Cómo puede un pecador hacer semejante milagro?" Y estaban en desacuerdo. 17. Entonces preguntaron nuevamente al ciego: "Y tú, ¿qué dices de Él por haberte abierto los ojos?" Respondió: "Es un profeta". 18. Mas los judíos no creyeron que él hubiese sido ciego y que hubiese recibido la vista, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista.
19. Les preguntaron: "¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? Pues, ¿cómo ve ahora?" 20. Los padres respondieron: "Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; 21. pero cómo es que ahora ve, no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco sabemos. Preguntádselo a él: edad tiene, él hablará por sí mismo".
22. Los padres hablaron así, porque temían a los judíos. Pues éstos se habían ya concertado para que quienquiera lo reconociese como Cristo, fuese excluido de la Sinagoga. 23. Por eso sus padres dijeron: "Edad tiene, preguntadle a él". 24. Entonces llamaron por segunda vez al que había sido ciego, y le dijeron: "¡Da gloria a Dios! Nosotros sabemos que este hombre es pecador". 25. Mas él repuso: "Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que yo era ciego, y que al presente veo". 26. A lo cual le preguntaron otra vez: "¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?" 27. Contestóles: "Ya os lo he dicho, y no lo escuchasteis. ¿Para qué queréis oírlo de nuevo? ¿Queréis acaso vosotros también haceros sus discípulos?"
28. Entonces lo injuriaron y le dijeron: "Tú sé su discípulo; nosotros somos los discípulos de Moisés. 29. Nosotros sabemos que Dios habló a Moisés; pero éste, no sabemos de dónde es". 30. Les replicó el hombre y dijo: "He aquí lo que causa admiración, que vosotros no sepáis de dónde es Él, siendo así que me ha abierto los ojos. 31. Sabemos que Dios no oye a los pecadores, pero al que es piadoso y hace su voluntad, a ése le oye. 32. Nunca jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. 33. Si Él no fuera de Dios, no podría hacer nada". 34. Ellos le respondieron diciendo: "En pecados naciste todo tú, ¿y nos vas a enseñar a nosotros?" Y lo echaron fuera. 35. Supo Jesús que lo habían arrojado, y habiéndolo encontrado, le dijo: "¿Crees tú en el Hijo del hombre?"
36. Él respondió y dijo: "¿Quién es, Señor, para que crea en Él?". 37. Díjole Jesús: "Lo estás viendo, es quien te habla". 38. Y él repuso: "Creo, Señor", y lo adoró.
39. Entonces Jesús dijo: "Yo he venido a este mundo para un juicio: para que vean los que no ven; y los que ven queden ciegos". 40. Al oír esto, algunos fariseos que se encontraban con Él, le preguntaron: "¿Acaso también nosotros somos ciegos?" 41. Jesús les respondió: "Si fuerais ciegos, no tendríais pecado. Pero ahora que decís: "vemos", vuestro pecado persiste".
7. Después le dijo: "Ve a lavarte a la piscina del Siloé", que se traduce "El Enviado". Fue, pues, se lavó y volvió con vista. 8. Entonces los vecinos y los que antes lo habían visto - pues era mendigo - dijeron: "¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna?".
9. Unos decían: "Es él"; otros: "No es él, sino que se le parece". Pero él decía: "Soy yo".
10. Entonces le preguntaron: "Cómo, pues, se abrieron tus ojos".
11. Respondió: "Aquel hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó con él los ojos y me dijo: "Ve al Siloé y lávate". Fui, me lavé y vi". 12. Le preguntaron: "¿Dónde está Él?" Respondió: "No lo sé". 13. Llevaron, pues, a los fariseos al que antes había sido ciego.
14. Ahora bien, el día en que Jesús había hecho barro y le había abierto los ojos era sábado. 15. Y volvieron a preguntarle los fariseos cómo había llegado a ver. Les respondió: "Puso barro sobre mis ojos, y me lavé, y veo". 16. Entonces entre los fariseos, unos dijeron: "Ese hombre no es de Dios, porque no observa el sábado". Otros, empero, dijeron: "¿Cómo puede un pecador hacer semejante milagro?" Y estaban en desacuerdo. 17. Entonces preguntaron nuevamente al ciego: "Y tú, ¿qué dices de Él por haberte abierto los ojos?" Respondió: "Es un profeta". 18. Mas los judíos no creyeron que él hubiese sido ciego y que hubiese recibido la vista, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista.
19. Les preguntaron: "¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? Pues, ¿cómo ve ahora?" 20. Los padres respondieron: "Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; 21. pero cómo es que ahora ve, no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco sabemos. Preguntádselo a él: edad tiene, él hablará por sí mismo".
22. Los padres hablaron así, porque temían a los judíos. Pues éstos se habían ya concertado para que quienquiera lo reconociese como Cristo, fuese excluido de la Sinagoga. 23. Por eso sus padres dijeron: "Edad tiene, preguntadle a él". 24. Entonces llamaron por segunda vez al que había sido ciego, y le dijeron: "¡Da gloria a Dios! Nosotros sabemos que este hombre es pecador". 25. Mas él repuso: "Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que yo era ciego, y que al presente veo". 26. A lo cual le preguntaron otra vez: "¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?" 27. Contestóles: "Ya os lo he dicho, y no lo escuchasteis. ¿Para qué queréis oírlo de nuevo? ¿Queréis acaso vosotros también haceros sus discípulos?"
28. Entonces lo injuriaron y le dijeron: "Tú sé su discípulo; nosotros somos los discípulos de Moisés. 29. Nosotros sabemos que Dios habló a Moisés; pero éste, no sabemos de dónde es". 30. Les replicó el hombre y dijo: "He aquí lo que causa admiración, que vosotros no sepáis de dónde es Él, siendo así que me ha abierto los ojos. 31. Sabemos que Dios no oye a los pecadores, pero al que es piadoso y hace su voluntad, a ése le oye. 32. Nunca jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. 33. Si Él no fuera de Dios, no podría hacer nada". 34. Ellos le respondieron diciendo: "En pecados naciste todo tú, ¿y nos vas a enseñar a nosotros?" Y lo echaron fuera. 35. Supo Jesús que lo habían arrojado, y habiéndolo encontrado, le dijo: "¿Crees tú en el Hijo del hombre?"
36. Él respondió y dijo: "¿Quién es, Señor, para que crea en Él?". 37. Díjole Jesús: "Lo estás viendo, es quien te habla". 38. Y él repuso: "Creo, Señor", y lo adoró.
39. Entonces Jesús dijo: "Yo he venido a este mundo para un juicio: para que vean los que no ven; y los que ven queden ciegos". 40. Al oír esto, algunos fariseos que se encontraban con Él, le preguntaron: "¿Acaso también nosotros somos ciegos?" 41. Jesús les respondió: "Si fuerais ciegos, no tendríais pecado. Pero ahora que decís: "vemos", vuestro pecado persiste".
Después de preparar la escena con vistas
a una interpretación teológica del signo, el evangelista narra el milagro con
sobria brevedad (vv. 6-7), pues lo que más le interesa son las preguntas que se
van a formular. A cada una de ellas responde el hombre que estuvo ciego con
afirmaciones que revelan un conocimiento cada vez más profundo de Jesús. Cuando
le preguntan los vecinos, todo lo que es capaz de responder el hombre es que su
bienhechor es “ese hombre que se llama Jesús” (v.11). Bajo la presión del
primer interrogatorio de los fariseos, de tono más acuciante, el hombre llega a
confesar que Jesús es un profeta (v.17). En el interrogatorio final de los
fariseos se convierte en ardiente defensor de Jesús: lo que éste ha hecho
demuestra que viene de Dios (v.33). Luego, en el momento culminante de la respuesta
al mismo Jesús, el hombre reconoce a éste como el Hijo del Hombre (v.37).
Mientras el que antes fuera ciego va
abriendo gradualmente sus ojos a la verdad sobre Jesús, los fariseos o los
“judíos” se obcecan cada vez más en su incapacidad para ver la verdad. En su
primer interrogatorio parecen aceptar el hecho de la curación (v.15) pero otros
parecen dispuestos a dejarse convencer (v.16) y a escuchar, lo que él en otro
tiempo ciego tiene que decir a favor de Jesús (v.17).
Pero en el segundo interrogatorio dominan
la escena precisamente “los judíos” los que se muestran más hostiles. Ya dudan
hasta del hecho mismo del milagro y a
través de los padres de aquel hombre tratan de demostrar que éste nunca estuvo
ciego. En el interrogatorio final desaparece ya todo interés por conocer la
verdad; tratan de coger al hombre en un
renuncio haciéndole repetir los detalles del milagro (v.27). A pesar de todo lo
que él les diga sobre el milagro, ellos se negarán a aceptar el origen celeste
de Jesús (v.29). En sus procedimientos legales llegan hasta el desprecio del
testigo (v.34). Al final del relato, los fariseos, que se habían erigido en
jueces del milagro, son declarados culpables por Jesús (vv.39 y 41).
El evangelista ha pintado con mano
maestra el cuadro de la visión y la ceguera crecientes. Por tres veces confiesa
humildemente su ignorancia el que antes era ciego (vv. 12,25 y 36). Por tres
veces, formulan los fariseos, que se hunden cada vez más en su ceguera abismal,
afirmaciones rotundas sobre lo que les consta acerca de Jesús (vv. 16, 24 y
29). El ciego termina por convertirse a lo largo de estas páginas en una de las
figuras más atrayentes de los evangelios. Aunque el ambiente de un día de
sábado y la acusación lanzada contra Jesús crean una cierta semejanza entre
este milagro y la curación del hombre que yacía junto al estanque de Betesda
(cap.5), este ciego, inteligente y hablador, se muestra muy diferente del torpe
y obtuso paralítico del capítulo 5.[1]
¿QUÉ
ME DICE A MI EL TEXTO?
Me fijo en el ciego
El nuevo vidente se ha convertido en discípulo de
Jesús, sin haber asistido a escuela alguna, tan solo repitiendo lo que le
ocurrió; a través de su propia experiencia y de la lógica contundente de su fe
monoteísta, pues no hay que olvidar que la ceguera era vinculada con la
idolatría. Su convicción echó raíces, creció y se expresó con toda robustez: se
postró ante él. Dar culto a Jesús no es un acto de idolatría o ceguera sino una
consecuencia de la visión discipular.
El enfermo no pide nada. Es Jesús quien le mira.
Así es nuestra vida. Todos somos ciegos de nacimiento. Antes de conocer a
Cristo profundamente vivimos en la ceguera. Es Él el que se compadece y nos
cura. Es nuestro médico que siempre toma la iniciativa. Sus acciones: tomar del
barro aluden a la primera creación; para que veamos la luz necesitamos nacer de
nuevo; necesitamos una nueva creación. Ante el mandato de Jesús de ir a lavarse
él obedece. Qué fácil sería para nosotros abrirnos a la palabra, creerle a la
palabra, obedecerle a la palabra para obtener la luz como este ciego.
El ciego no conoce a Jesús, pero su obediencia es
el acto de una gran fe, de total abandono. De él brota una sabiduría que viene
de lo alto. Sabe dar verdadera gloria a Dios con las palabras y con la
adoración. Si nuestra fe fuera como la del ciego adoraríamos en espíritu y en verdad
como la Samaritana, desde una conversión profunda del corazón.
Quienes conducen los exámenes son llamados fariseos
(vv.13-17) o judíos (vv 18-23).
En 9,18-23 las autoridades judías quieren
desenmascarar al exciego confrontándolo con sus padres, pues seguramente todo
es un fraude. Los padres lo identifican como hijo suyo, pero muestran ganas de
no querer saber nada del proceso para no ser excluidos de la sinagoga[2].
Los judíos tienen miedo a los “judíos”.
Las autoridades logran condenar y echar fuera al
exciego, por sus argumentos. Pero, ellos quedan ciegos, porque no creen.
La ley nos hace esclavos. A veces preferimos
pegarnos a la letra y así matamos el Espíritu. La terquedad y la ofuscación nos
hacen centrarnos en nosotros mismos, defender nuestros intereses y obviar el
paso de Dios en nuestra vida. La ofuscación nos ciega y nos hace pecar, porque
contradecimos el amor de Dios manifestado de mil maneras, en personas, signos y
acontecimientos.
Jesús es la Luz (8,12). El elemento temático que
con mayor fuerza cohesiona la etapa es el de la luz, y su relación con ver o no
ver que adquiere sentido metafórico (9,1.2.39-41; 10,19-21).
Jesús cura un ciego en sábado; Jesús escupe, hace
lodo, lo unta sobre los ojos del ciego y le manda lavarse en el estanque de
Siloé, traducido como enviado. Transgrede la ley porque amasar era un trabajo
prohibido en tal día. Jesús lo encuentra más tarde y se le presenta como objeto
de fe; el exciego lo acepta. Contra los líderes en cambio Jesús decreta ceguera
pecaminosa. Los términos ciego y pecado abrazan, como una inclusión, todo el
episodio (vv. 1-2 y 41).[3]
El breve encuentro de Jesús con el curado no es
casual; Jesús lo busca para hacerle expresar su convicción en el Hijo del
Hombre, “al que has estado viendo y habla contigo” (9,37-38). Ver al Hijo del
Hombre equivale a entender el origen y
destino de Jesús; esto es justamente lo que ha estado aconteciendo con el
hombre de “los ojos abiertos” cuando las autoridades lo interrogaron.
El dramático relato concluye con la sentencia de
Jesús en términos de inversión escatológica causada con la llegada de Jesús
(9,39-41). En tanto que el ciego ha accedido a la visión del hijo del Hombre,
los líderes fariseos, por su conocimiento y perspicacia, se han quedado
envueltos en la incredulidad. Si uno “nació ciego”, los otros se han hecho
ciegos (cf. Zac 11,15-17).
Qué necesario es para nosotros, cristianos, dar una mano al que más lo necesita, sin esperar nada a cambio, sin que nos lo tengan que pedir. Bastaría abrir los ojos del corazón para ver las necesidades de nuestros hermanos.
Qué necesario es para nosotros, cristianos, dar una mano al que más lo necesita, sin esperar nada a cambio, sin que nos lo tengan que pedir. Bastaría abrir los ojos del corazón para ver las necesidades de nuestros hermanos.
Tú eres Luz, nos das con tu gracia la visión de Dios.
Haz que te confesemos médico nuestro. Haz que reconozcamos tu amor gratuito que
sale al encuentro. Tu eres la Luz, nosotros la oscuridad, pero nos aclaras
cuando a ti vamos a oscuras, al encuentro de tu Luz, pues, como dice el salmo, “tu Luz, Señor, nos hace ver la Luz”.
¿QUÉ
ME HACE DECIRLE EL TEXTO A DIOS?
En este camino de la cuaresma Señor, este año, quieres renovar mi fe, mi
entrega, mi deseo de pertenecerte totalmente.
Siento Señor que todavía hay oscuridades en mi vida…necesito abandonarme
más a ti, amarte más y entregarte todo, aun aquello que creo que depende de mí.
Dame la fuerza para confiar en ti, como aquel ciego, que obediente fue a
lavarse. Qué bueno es lavarse, quitarse la mugre del pecado que nos impide ver
y reconocer tu presencia misericordiosa en medio de nosotros. Purifica mi
corazón para que mis ojos puedan verte. No hay mayor ceguera que la de no
querer ver, como la de aquellos fariseos que por su terquedad quedaron ciegos.
No permitas Señor que en mi obcecación quede sin tu Luz.
Que tu palabra me siga acompañando, iluminando y sanando para ser tu
discípula y misionera.
Ser expulsado de la sinagoga es el riesgo que conlleva creerte a ti y
apostarlo todo por ti. Ser expulsada de la sinagoga es asumir el compromiso
irrenunciable de tu amor, de que tú eres el valor primero en mi vida, y que
todo lo pospongo ante tu voluntad.
Gracias Señor, por ser mi Luz, perdón por las veces que soy oscuridad.
Gracias Señor, por el sacramento de la reconciliación, perdón Señor por
las veces que no lo acojo como don.
Gracias Señor, porque tomas la iniciativa, perdón Señor por cerrarme
muchas veces a ella.
Gracias Señor, porque cada día me haces nueva, perdón Señor, por el “hombre
viejo” que aún perdura en mí.
(…) Cristo devolvió la vista a un ciego de
nacimiento; ¿qué hay en ello de maravilla? Cristo es el médico por excelencia,
y con esta merced le dio lo que le había hecho de menos en el seno materno.
¿Fue distracción o inhabilidad éste dejarle sin vista? No ciertamente; lo hizo
para dársela milagrosamente más tarde (…) Mas aquella ceguera no se debió a la
culpa de sus padres ni a culpa personal, sino que existió para que se
manifestaran las obras de Dios en él. Porque, aunque todos hemos contraído el
pecado original al nacer, no por eso hemos nacido ciegos; aunque bien mirado,
también nosotros nacimos ciegos. ¿Quién no ha nacido ciego, en verdad? Ciego de
corazón. El Señor que había hecho ambas cosas, los ojos y el corazón, curó
igualmente las dos (…)No existe duda alguna: Dios oye a los pecadores. Mas
quien afirmaba esto aún no había lavado su rostro en Siloé. Se le había
aplicado a sus ojos el gesto misterioso, pero aún no había actuado en su
corazón el beneficio de la gracia. ¿Cuándo lavó este ciego el rostro de su
corazón? Cuando, echado de la sinagoga por los judíos, el Señor le abrió los
ojos del alma; pues, habiéndole encontrado, le dijo, según hemos oído: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? ¿Quién
es, Señor, respondió, para
que crea en él? (Jn 9,35-36). Ya le veía con los ojos, pero aún no
con el corazón. Esperad; ahora le verá. Jesús le respondió: Soy yo, el que habla contigo (Jn
9,37). ¿Acaso lo dudó? Inmediatamente lavó su rostro. En efecto, estaba
hablando con aquel Siloé que
significa enviado. Luego él era Siloé. El ciego de corazón se le
acercó, lo escuchó, lo creyó, lo adoró; lavó su rostro y vio. Quienes lo
arrojaron de la sinagoga continuaron en su ceguera, como se vio en el reproche
que dirigieron al Señor de haber violado el sábado por hacer lodo con su saliva
y untar los ojos al ciego. Digo en su ceguera, porque reprocharle al Señor las
curaciones obradas con su sola palabra no era ceguera, sino calumnia
manifiesta. ¿Hacía en efecto algo en sábado, cuando curaba con la palabra?
Calumnia manifiesta, porque se le acusaba de mandar, se le acusaba de hablar,
como si ellos no hablaran el sábado. Sin embargo, bien puedo decir que no
hablaban ni en sábado ni en ningún otro día, porque habían dejado de alabar al
verdadero Dios (…) Observáis tan carnalmente el sábado que no tenéis la saliva
de Cristo. Mirad la tierra del sábado a la luz de la saliva de Cristo, y veréis
en el sábado un anuncio del Mesías. Mas porque no tenéis sobre vuestros ojos la
saliva de Cristo en la tierra, por eso no fuisteis a Siloé, ni lavasteis el
rostro y habéis permanecido ciegos. Así se hizo para bien de este ciego, aunque
ya no es ciego ni en el cuerpo ni en el corazón. Recibió el lodo hecho con
saliva, se le untaron los ojos, fue a Siloé, lavó allí su rostro, creyó en
Cristo, lo vio y escapó de aquel terrible juicio: Yo he venido al mundo para un juicio: para que
los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos (Jn 9,39) (Sermón 136,1-3)
NIEVES
MARÍA CASTRO PERTÍÑEZ. MAR




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