PASCUA ES ESPERANZA
¿Qué es esperar?
«En su nombre pondrán las naciones su esperanza.»
Mateo 12,21
Nuestro tiempo ha sido herido
en la esperanza. Lo dicen los rostros prematuramente entristecidos de tantos jóvenes,
la mediocridad de tantos adultos, el vacío egoísmo de tantos niños.Nuestra crisis no es inmediatamente de fe. Ya no estamos bajo el yugo del positivismo del siglo diecinueve, ni del ateísmo marxista de este siglo. Al contrario: hoy, más que nunca, la gente parece dispuesta, casi urgida, de creer en algo. Tampoco es directamente una crisis de amor, porque nunca dejamos de amar, aunque amemos mal.
Pero, ¿y la esperanza? ¿Quién salvará a la esperanza? ¿Podemos ofrecer a este mundo, cansado, desengañado y hastiado de todo, una genuina y vigorosa esperanza? La pregunta es importante, porque es probable que, de aquí a unos pocos años, sólo sobrevivirán los que hayan encontrado razones para esperar.
Aprender a esperar no es aprender a no protestar. Esperanza no es lo mismo que resignación; no es virtud de cobardes ni es compatible con la indiferencia o la tibieza. Tampoco es pura utopía, ni es otro nombre para la ilusión. Simplemente no es virtud de soñadores empeñados en mudarse a sus quimeras.
Esperar es tener los ojos abiertos a la entraña del mundo —de este mundo, tan amado de Dios— para devolver a todos el derecho de caminar hacia un mundo nuevo. La esperanza es la inteligencia del presente. Es la saludable tensión que nos lanza hacia más allá de nosotros mismos. Es la capacidad de no detenerse en el pegajoso «hoy»; de no perderse envuelto en las cobijas de la cotidianidad y la rutina. Es no excusarse ya más diciendo: «siempre fue así». Es la terquedad de afirmar más el futuro y el valor de no dejarse sepultar por el pasado.
Esperar es no declararse terminado. «Es que yo soy así»: esta es la frase que mata la esperanza. Para no decirla, para nunca más repetirla, ha resucitado Jesucristo. Y nosotros, «salvados en esperanza» (Rom 8,24), tenemos en la Pascua del Señor nuestra razón para confiar. En esta confianza nos educan los Santos, adelantados del mundo definitivo, primicias de la cosecha eterna. Dichosos ellos, testigos de la esperanza: son las únicas personas libres.
REFERENCIAS De la Sagrada Escritura:
Las promesas de Dios fueron revelando a su pueblo un porvenir esplendoroso, superior a cuanto ven nuestros ojos: “una patria mejor, es decir celestial” (Heb 11,16), “la vida eterna, en la que el hombre será semejante a Dios” (1Jn 2,25; 3,2). La fe en las promesas divinas garantiza la realidad de este futuro (cf. Heb 11,1) y permiten por lo menos entrever sus maravillas.
En Jesucristo se hace presente nuestra esperanza, pues sólo él anuncia la llegada del Reino de Dios (Mt 4,17). Mas este Reino pasa por el oprobio de la cruz, tanto en Jesús como en nosotros (Mt 16,24ss), y por eso la esperanza cristiana se ve como impelida a mirar más allá del umbral de la muerte (Mt 18,8s), pues cada uno recibirá retribución según su conducta (Mt 16,27; 25,31-46).
Mientras llega ese día, la Iglesia, fortalecida con las promesas (Mt 16,18) y cierta de la presencia de su Señor (Mt 28,20), debe llevar a plenitud las esperanzas proféticas, abriendo a las naciones los tesoros del Evangelio de salvación (Mt 8,11s; 28,19).
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