LECTIO DIVINA DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO C - Lc. 18,9-14
¿QUÉ DICE EL TEXTO? Dos hombres suben al templo a
orar: uno fariseo y otro publicano. En aquella época, se decía que un publicano
no valía para nada y no podía dirigirse a Dios, porque era una persona impura.
En la parábola, el fariseo agradece a Dios por ser mejor que los otros. Su
oración es un elogio a sí mismo, una autoexaltación de sus buenas cualidades y
un desprecio de los demás. El publicano no se atrevía ni siquiera a levantar
los ojos, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Dios mío, ten compasión de mí,
que soy un pecador”. Si Jesús hubiera dejado que la gente dijera quién volvió
reconciliado, todos hubieran dicho: “el fariseo”. Jesús piensa diferente: es el
publicano el que queda reconciliado.
Nuevamente, Jesús pone todo patas arriba[1].
Los v.
10-13 presentan la breve historia de dos personajes en el templo (v.10), el
interés prestado al lugar que ocupan y a la actitud que adoptan (v.11ª y 13ab),
la oración que pronuncian (v.11b-12 y 13c) y la mención del Dios que invocan,
(oh Dios, v.11b y 13c). Entre las diferencias o rupturas del equilibrio se
refleja la amplitud de la oración del fariseo (v.11b-12), comparada con la
breve exclamación del publicano (v.13c), y la extensión de la presentación del
recaudador de impuestos (v.13ab) comparada con el breve apunte del otro
personaje (v.11ª). El v.14ª deduce la lección del episodio, sirve de comentario
generalizador. La parábola comunica el mensaje del acceso a Dios.[2]
El
fariseo presenta la actitud arrogante de aquel que mantiene una pretensión más
social que psicológica de pertenecer a un estrato superior de la población y
hacer que ello se perciba a su alrededor. Estas personas afirman ser justas
“delante de los hombres” y no solamente ante Dios. El fariseo tiene la
seguridad excesiva de una buena conciencia y de una conciencia de clase. En
este pasaje el desprecio de los otros (v.11) desacredita la ya pretendida
justicia de tales personas. A tales personas tan seguras de sí mismas y tan
despreciativas, según la construcción narrativa de Lucas, Jesús dirige la
parábola[3].
v.10: “Subir”
es el verbo que los judíos con gusto y acierto usan para decir que se dirigen a Jerusalén o al
Templo. Los dos hombres se dirigen al entorno del santuario, es decir, al
atrio. Se situarán en uno de los grandes patios, probablemente en el atrio de
los israelitas, y no en el santuario mismo reservado a los sacerdotes. La
localización en el espacio “del Templo” contrasta con la vuelta del publicano “a
la casa”. El “Templo”, lugar público, ofrece ciertamente hospitalidad a Israel
para adorar a Dios. Más por su función social puede confirmar también a los
individuos en su papel de tales y dotarles de un status que repercuta en su
identidad e incluso en su conciencia. La casa, con sus relaciones humanas más
estrechas, permite una autenticidad más real, y una conciencia de sí más
transparente. Los primeros cristianos se reunirán en casas, en iglesias
domésticas.[4]
“Orar” es
un verbo favorito de Lucas, que además de definir el acto de adoración expresa
también la vida religiosa completa, o mejor, la identidad humana frente a Dios.
El hecho singular de la presencia codo a codo de un fariseo (militante de un
movimiento religioso) y de un publicano (individuo que ejerce un oficio
especial) resalta la disparidad fundamental de las dos oraciones. El narrador
sitúa perfectamente en una misma línea lo que es común a los dos personajes: el
lugar, el tiempo y la intención.
v.11. A
excepción de las inclinaciones prescritas, la costumbre era rezar de pie. Al
indicar esta posición, el evangelista quiere hacer comprender al lector que el
fariseo, al obrar así, se aísla de los otros y de Dios (v. 11b-12). El texto lucano es un ataque que, a partir de
elementos verdaderos (el sentido de la elección divina, el consuelo de sentirse
protegido y el orgullo de haber respetado los valores morales), hace bascular
el texto hacia una comparación descortés. En esta caricatura del fariseo hay
que señalar en el decir de Bobon, la omnipresencia de la primera persona del
singular, el relieve otorgado a las obras de superogación comparadas con las
exigencias de la ley mosaica (el ayuno dos veces por semana y el pago del
diezmo de todas las ganancias) y el desprecio general por el resto de la
humanidad, en particular por el publicano allí presente[5].
El
fariseo ahoga su piedad en un mar de orgullo espiritual e hipocresía.
v.13. Los
lectores ignoran el nombre del segundo
personaje y saben pocas cosas de él. Conocen por el comienzo de la historia (v.10)
que es publicano. Jesús, al que seguirán sus discípulos, escoge deliberadamente
a los publicanos no para lisonjearlos, sino para ponerlos como ejemplo de la
inversión que provoca el Evangelio y del funcionamiento inédito de la gracia y
la esperanza. En el nivel visible del cuadro
se ve simplemente a un hombre, pero el lector que lee asiste al
nacimiento de la persona, calificada aquí como “justicia”, y en otros lugares
como “perdón” o “salvación”. El
publicano, hermano gemelo del hijo pródigo, estima que nada de lo suyo vale y
sólo tiene esperanza en la misericordia divina.
v.14: outos: éste; es aquí decisivo. Es éste y
no el otro el que contra toda esperanza va a volver a casa justificado. El
publicano volverá a casa y por ello no escapará a la condición humana. Pero no
volverá a ella como era antes. Una
transformación en Dios, implica forzosamente una transformación en el hombre y en la
mujer. Esta modificación no concierne únicamente a la esfera interior, sino que
comprende la vida entera, tanto social como religiosa. La “casa” del publicano
se transformará en una de esas zonas liberadas, en una de esas iglesias
domésticas. Sin realizar obras buenas, el publicano ha hecho sin embargo lo que
Dios esperaba de él: arrepentirse. Y la divinidad, por la voz de Jesús, se ha
manifestado tal como es en la Escritura y en el Evangelio: no desea la muerte
del pecador.[6]
La
religión depende del “Templo” y de la “casa”. Cuando la fe se hace eclesial y
social (el “Templo”) se torna frágil por la presencia de los otros. Sin
embargo, gracias a una oración que se concentra en Dios y en sí mismo, el
publicano llega a manifestar su verdadero ser, y permite a Dios ser El mismo.
No tuvo vergüenza de sentir vergüenza. Siente ahora confianza, siendo
consciente de no tener otra cosa para ofrecer que su fracaso. Esta es la razón
por la que recibe lo esencial. El reconocimiento y la facultad de sentirse
firme sobre sus pies. Puede bajar de nuevo a su hogar (la “casa), reencontrar
la realidad profana, su condición personal, sus relaciones familiares y
afectivas. Es él mismo, y sin embargo todo ha cambiado gracias a la mirada
elogiosa de Dios.
¿QUÉ ME DICE A MI EL TEXTO? Nos encontramos ante un
"test" de vida cristiana: esto es la parábola del fariseo y del
publicano. Se nota que Jesús tenía otra manera de ver la vida. Conseguía ver la
bondad de Dios allí donde todo el mundo veía cosas negativas. Por ejemplo, veía
algo positivo en el publicano, a quien todo el mundo criticaba.
El
fariseo de entonces y de todos los tiempos tiene una base doctrinal para su
actuación. Él piensa: "en la medida en que cumpla la ley de Dios, en esa
medida Dios me premiará y me salvará". La salvación para él no depende
tanto de Dios cuanto de sí mismo, de su propia fidelidad, de su propia vida.
Esto hace que para el fariseo la ley sea fuente de derechos ante Dios. Para él
las obras buenas hacen al hombre bueno y merecedor, por derecho propio, de la
propia salvación. Todos tenemos en
nuestra vida un ramalazo farisaico que nos lleva a creernos buenos, mejores
que otros a quienes quizá compadecemos y hasta amamos, pero desde nuestra
situación de "mejores".
Como no
entiende la gratuidad de la salvación se cree en la necesidad de comprarla con
el cumplimiento de la ley. Su obsesión no es el amor, es lo mandado. Su actitud
profunda no es el riesgo de creer sino la seguridad que da el cumplir. Cristo
pide para el cristiano alma de publicano, conciencia de su pobreza de méritos y
de su incapacidad de presentar ante Él nada a cambio del perdón y de la justificación.
Una de
las condiciones esenciales para hacer oración es la humildad. En el decir de
Eguiarte, la humildad consiste, no en rebajarnos, sino en reconocer lo que
somos delante de Dios, nuestra pequeñez, nuestra pobreza, nuestra incapacidad
para podernos acercar a Dios si el mismo Dios no nos concede su gracia y esa
gracia es la que nos impulsa a acercarnos a Él[7].
San Agustín en los Soliloquios nos dice: “que me conozca a mí, que te conozca a
Ti”[8].
Necesitamos desdoblarnos en esta actitud para saber quién soy:
limitaciones, defectos, miserias y carencias, pero a la vez verlo todo a la luz
de Dios. Por tanto, la oración es un camino en el cual vamos experimentando
estos dos elementos: el conocimiento nuestro, viendo nuestras limitaciones de
cada día, pero también ver la grandeza de Dios que sigue siendo fiel, y
acudiendo a esa cita que tiene con nosotros cada mañana y cada ocasión para que
podamos hacer oración[9].
Si no tenemos humildad, dice Eguiarte, no podemos acercarnos a Dios.[10]
Me fijo
en Jesús. Para Jesús, la oración está íntimamente ligada a la vida, a los
acontecimientos concretos, a las decisiones que debía tomar. Buscaba la soledad
con el Padre para poderle ser fiel. Escucharlo. Rezaba los Salmos en los
momentos difíciles de su vida. Como cualquier judío piadoso, los sabía de
memoria. Hizo su propio salmo: el Padrenuestro. Su vida era una permanente
oración. Se le puede aplicar lo que dice el salmo: “Yo soy oración” (sal
109,4).
¿QUÉ ME HACE EL TEXTO DECIRLE A DIOS? Señor Jesús, hoy me invitas
nuevamente a revisar mi actitud orante. Si mi oración no transforma mi vida
¿cómo será esta oración? ¿No será muy parecida a la del fariseo? Tal vez si,
tal vez, no apunto mi corazón a tu corazón con constancia y firmeza. Puede ser
que yo me crea buena en esta vida religiosa porque participo de la vida
litúrgica y hago oración personal todos los días y tengo en casa servida la
Eucaristía. Más, qué peligro Señor, si mi conducta no manifiesta el amor que te
tengo y la gracia que me regalas para que haga tu voluntad.
Oración
personal y comunitaria es un rito cada día. Subo al “templo”, me dispongo a
encontrarme contigo, más también en el camino me distraigo, y no te encuentro
porque estoy llena de mí, como el fariseo.
Dame
corazón de publicano; corazón de mendiga, pues mendiga soy, pero muchas veces
no lo reconozco. Ayúdame Señor a bajarme, en ese proceso de Kénosis, para poder
identificarme contigo, y permitir que seas tú el que obres en mí, el que actúes
y sea tu gracia el reflejo diario de tu quehacer en mí. Quiero entregarte todos
mis pecados y miserias cada día, es lo único que puedo ofrecerte. Todo lo demás
me lo das tú y a ti pertenece. Tú eres pura gratuidad y misericordia para con
todos nosotros.
Nieves
María Castro Pertíñez. MAR
[1]
Mesters, C. Querido Teófilo. Ed. Verbo Divino 2000, p. 147-148
[2]
Bobon, F. El Evangelio de San Lucas III: Ed. Sígueme, 2012, p.252-253
[3] Ibid.
P.257
[4] Ibid.
P.258
[5] Ibid.
P.261
[6] Ibid,
P. 265-267
[7]
Eguiarte, E. El Clamor del corazón. Ed. Agustiniana, 2012. P. 119
[8]
Sol 2,1
[9]
Eguiarte, O.C. p. 120
[10]
Ibid, P.122
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