LECTIO DIVINA II DOMINGO DE CUARESMA, CICLO A- Mt 17,1-9
| Equipo dinamizador de la Provincia san Agustín, reunidas los días 14 y 15 en Bogotá. Hoy 15 contando con la asesoría del Lic. Héctor Izarra por video conferencia para revisar los trabajos de planificación y diagnóstico que se realizan en la Provincia. |
Jesús
sube a la montaña a orar. El pasaje de la transfiguración, en el que Jesús
aparece rodeado de reconocimiento y gloria, está colocado en un lugar
estratégico de la narración: inmediatamente después del primer anuncio de la
pasión y de la instrucción de Jesús a sus discípulos acerca de la necesidad de
seguirlo por el camino doloroso. Discípulo es aquel que sigue a Cristo por el
camino de la inmolación de la vida por la obediencia al Padre y para servicio el
de todos; este tipo de seguimiento marca un estilo propio del que es de Cristo.
Jesús,
aun en medio de su pasión, entrevió la transfiguración; creyó en la
resurrección a pesar de la muerte, contra toda esperanza esperó, no se dejó
vencer por la decepcionante lección de la vida diaria.
| Nuestras hermanas mayores del convento de la Merced colaboran en el Hostiario |
¿QUÉ DICE EL TEXTO?
Jesús
tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó a la
montaña (v.1) Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía, sus
vestidos se volvieron blancos; (v.2) aparecieron Moisés y Elías conversando con
él. Pedro sugirió a Jesús (v. 4) que
como aquello era agradable, si Jesús quería él haría tres tiendas: para él,
Moisés y Elías. (v.5) Una nube luminosa los cubrió, y una voz desde la nube
decía:-Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.(v.6)Entonces los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.(v.7 Jesús se acercó
y tocándolos les dijo: Levantaos, no temáis.(v.8)Después no vieron a nadie más
que a Jesús solo.(v.9) Al bajar, Jesús les mandó: que no contasen esa visión de
que Él iba a resucitar de entre los muertos.
El
relato de la transfiguración habría que leerlo junto con la página precedente
(16. 13-28); es la otra cara del misterio de Cristo: la cruz y la gloria.
Como
en Marcos, también para Mateo la transfiguración cumple una función bien
precisa en la progresiva revelación del misterio de Cristo y en el itinerario
de fe del discípulo. Los discípulos ya han comprendido que Jesús es el Mesías y
están persuadidos de que su camino conduce a la cruz. Más todavía no consiguen
comprender que su cruz (y la de ellos) pueda encubrir la gloria. Por eso Dios
les concede por un instante anticipar la Pascua. Pero se trata de un anticipo
fugaz y provisional; el camino que hay que recorrer sigue siendo el de la cruz.
De hecho, los tres discípulos predilectos (Pedro, Santiago y Juan), llamados a
ver por anticipado la gloria de Cristo son los mismos que dentro de poco, en
Getsemaní, serán llamados a ver su debilidad. Sin embargo lo central se encuentra,
en las palabras de la voz ("Este es mi Hijo amado") y en el
mandato: "Escuchadle". Todo el resto sirve de algún modo de marco. De
hecho la escucha es lo que define al discípulo.
La narración tiene el formato típico de teofanía
(similar a la de Sinaí): los seis días de preparación, la montaña, la nube, la
voz de Dios, el temor de los testigos y la luminosidad de Jesús como un nuevo
Moisés.
Como un nuevo Sinaí, la ley personificada en la
persona de Moisés y los profetas en la de Elías, ceden el paso a la palabra de
Dios encarnada que será el definitivo camino, verdadero y viviente. La voz
llama a su seguimiento: "¡Escuchadle!". Dios ratifica las palabras y
vida de Jesús. La voluntad de Dios no está ya en la ley de Moisés, sino en la
persona de Jesús. Por eso el predicador del Padre se convierte en objeto de la
predicación de los discípulos.
¿QUÉ ME DICE A MI EL TEXTO?
Me fijo en Jesús
Las tensiones entre lo Nuevo y lo Antiguo fueron aumentando.
Al final, Jesús hizo una valoración y se dio cuenta de que nadie había
entendido su propuesta. Los
discípulos lo aceptaban como Mesías, pero como Mesías glorioso, de acuerdo con
la propaganda del gobierno y la religión oficial del templo (Lc 9,20-21). Jesús intentó
explicar a los discípulos que el camino previsto por los profetas era el camino
del sufrimiento como consecuencia el compromiso asumido con los excluidos. Que el discípulo puede ser tal si carga con la cruz y le
sigue (Mt 16,24). Pero no tuvo éxito. Jesús había
entrado varias veces en conflicto con las autoridades. Sabía que no le dejarían
hacer lo que estaba haciendo. Tarde o temprano, lo apresarían. En aquella
sociedad, el anuncio del Reino, tal como Jesús lo hacía, no sería tolerado. ¡O
se volvía atrás o moriría! No había otra alternativa. Jesús no se vuelve atrás.
Por eso, la cruz aparece en el horizonte, no ya como posibilidad, sino como
certeza. En este contexto de crisis es donde se la transfiguración.[1]
Jesús en su obediencia radical y hasta las últimas consecuencias es consolado
por su Padre anticipando su glorificación. Mientras Jesús ponía sus
sufrimientos mesiánicos en primer lugar, Dios muestra aquí la gloria de su
Hijo. Y al revés, a la salida gloriosa anunciada por la profecía “y resucitar
al tercer día, (9,22) corresponde aquí el seco y escueto punto final (“Jesús se
encontró solo”, 9,36)[2]. Mientras reza, Jesús cambia de aspecto.
Aparece glorioso ante sus discípulos, de la forma que ellos lo imaginaban. De
esta forma, ante los discípulos, la Ley y los profetas confirman que Jesús es
realmente el Mesías glorioso prometido en el Antiguo Testamento y esperado por
el pueblo.
Me fijo en la ley y los profetas
La relación con
la Escritura y con el plan salvífico del Padre está determinada por la
presencia de Moisés (La Ley) y Elías (los Profetas) para decir que tanto la Ley
como los Profetas atestiguan y aprueban la misión que Jesús está llevando a
cabo.
Me fijo en la voz del Padre
La
relación con el bautismo de Jesús está dada en la voz que se escucha desde la
nube; tal como sucedió en el Jordán (3,21s), el Padre confirma, valida con su
propia palabra la opción por Jesús. De forma, que Jesús al elegir libremente el
camino del dolor, del sufrimiento, recibe el respaldo del Padre quien ratifica
no solo a Jesús, sino a todo aquel que decida hacerse su discípulo.[3]
Decir “mi Hijo” vincula a Jesús con su Padre, “mi
elegido” lo relaciona con su misión y con su pueblo. A diferencia de los
oyentes de Moisés, los humanos tienen
que escuchar ahora, no las palabras de la ley, sino las de la salvación. En conjunto el relato del bautismo tiene una
función cristológica (Jesús es llamado aquí por Dios “mi Hijo amado”), mientras
que la voz divina, la transfiguración de “Este es mi Hijo, mi elegido;
escuchadle”, tiene una dimensión eclesiológica.
Es a ellos a quienes se revela la verdadera identidad de Jesús y es a ellos de
quienes se espera una decisión.[4]
La voz
del Padre sale de la nube y dice: “Este es mi Hijo elegido: escuchadle”. Isaías
había anunciado al Mesías siervo con esta misma frase (Is 42,1). Después de
Moisés y Elías, ahora es el propio Padre quien presenta a Jesús como el Mesías
siervo que llega a la gloria a través de la cruz. Al final de la visión, Moisés
y Elías desaparecen y sólo queda Jesús. Esto significa que, de ahora en
adelante, quien interpreta la Escritura cumple la voluntad de Dios. Para el
pueblo, será Jesús, ¡sólo El! El es la Palabra de Dios para los discípulos
¡Escuchadle!.[5]
Me fijo en los discípulos
El aturdimiento de los discípulos da la medida del resplandor
deslumbrante de la transfiguración. Se insiste más en la fascinación que en el
espanto. El acontecimiento extraordinario los ha hipnotizado. La propuesta de
Pedro muestra que experimenta la alegría de
los israelitas cuando celebraban la fiesta de las Tiendas para recordar
el éxodo, ¡Sólo que aquí el éxodo no ha tenido todavía lugar![6]
Los tres discípulos vieron el esplendor de las tres figuras y se vieron en
cierto modo llevados a aquel mundo divino. Por eso Pedro dice que es bueno
quedarse allí (v.33). Hay también en este pasaje algo del doble significado de
2 Cor 3,18: los discípulos ven el esplendor divino y al mismo tiempo lo
reflejan.
Ante los discípulos, la Ley y los profetas,
confirman que Jesús es realmente el Mesías glorioso prometido en el Antiguo
Testamento y esperado por el pueblo. También confirman que el camino hacia la
gloria pasa por el camino doloroso del “Éxodo”. El éxodo de Jesús es su pasión,
muerte y resurrección. Jesús es el nuevo Moisés (v 29,31 34,45), es decir como
al guía del pueblo de DIOS hacia la liberación del pecado y de la muerte.
¿QUÉ ME HACE DECIR EL TEXTO A
DIOS?
Si
Abraham por su fe obedeció para que se dieran la promesas, hoy, mi Señor, tu me
muestras cómo es el camino de la obediencia que lleva a la salvación. Es un
camino de centralidad. Tus ojos siempre estuvieron fijos en los de tu Padre;
permite que mis ojos estén fijos solo en ti. No permitas que mire ni a la
izquierda ni a la derecha, sino que todo mi ser esté a la escucha de tu paso,
de tu Palabra, de tu acontecer en la vida, de tu emerger en mi corazón.
Si
Moisés realizó su éxodo con el pueblo para sacarlo de la esclavitud, tu saliste
del éxodo de tu gloria, encarnándote, para ser nuestro guía y llevarnos a
nuestra patria definitiva. El camino, ya lo sabemos, es un camino de cruz, pero
la magnitud del proyecto es tan grande, y contiene tanto amor, que vale la pena
arriesgarse como lo hiciste tu.
Señor,
el camino es difícil; que yo no me duerma y me apropie de lo que me das; que no
sienta miedo, ni pierda la fe, también como Pedro muchas veces tengo miedo de bajar la montaña; por eso, infunde en
cada uno de nosotros esa pasión tuya por escuchar al Padre para hacer tu
querer, de forma que nuestra pasión por ti afine cada día el oído para una entrega verdadera; que tengamos claro, hacia donde tenemos que
ir, y por donde atravesar la ruta espinosa de la cruz, pero iluminados con tu
fuerza y tu presencia redentora.
Gracias
Jesús por mostrarnos tu gloria…gloria de la que haces partícipes a tus
discípulos que compartieron tu oración en el monte, pero gloria con la que nos
nutres cada día en el encuentro profundo contigo de cada Eucaristía, en el
devenir de los días.
“Ve
esto Pedro y, juzgando de lo humano a lo humano, dice: Señor,
bueno es estarnos aquí (Mt 17,4). Sufría el tedio de la
turba, había encontrado la soledad de la montaña. Allí tenía a Cristo, pan del
alma. ¿Para qué salir de aquel lugar hacia las fatigas y los dolores, teniendo
los santos amores de Dios y, por tanto, las buenas costumbres? Quería que le
fuera bien, por lo que añadió: Si
quieres, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías (ib.). Nada respondió a esto el
Señor, pero Pedro recibió, no obstante, una respuesta, pues mientras decía
esto, vino una nube refulgente y los cubrió. Él buscaba tres tiendas. La
respuesta del cielo manifestó que para nosotros es una sola cosa lo que el
sentido humano quería dividir. Cristo es la Palabra de Dios, Palabra de Dios en
la ley, Palabra de Dios en los profetas. ¿Por qué quieres dividir, Pedro? Más
te conviene unir. Busca tres, pero comprende también la unidad. (…)Desciende,
Pedro. Querías descansar en la montaña, pero desciende, predica la palabra,
insta oportuna e importunamente, arguye, exhorta, increpa con toda longanimidad
y doctrina. Trabaja, suda, sufre algunos tormentos para poseer en la caridad,
por el candor y la belleza de las buenas obras, lo simbolizado en las blancas
vestiduras del Señor (…)Descendió la Vida para encontrar la muerte; bajó el Pan
para sentir hambre; bajó el Camino para cansarse en el camino; descendió el
Manantial para sentir sed, y ¿rehúsas trabajar tú? No busques tus cosas. Ten
caridad, predica la verdad; entonces llegarás a la eternidad, donde encontrarás
seguridad». (San Agustín Sermón 78,3-6)
Nieves María Castro Pertíñez. MAR
[1] P.
Mesters, C; Lopes, M. Querido Teófilo.
Editorial Verbo Divino 2000- P. 82
[2]
Bovon, O.c. p. 693
[4] Bovon, O.c. p. 705
[5] Mesters. O.c. P 84
[6] Yves Saout, Evangelio de
Jesucristo según san Lucas, Cuaderno
Bíblico 137. Verbo Divino 2007. P. 48
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