LECTIO DIVINA, V DOMINGO DE PASCUA
Jesús Camino, Verdad y Vida:
Cómo alcanzar la más profunda aspiración humana (Juan 14, 1-12)
“El mismo Camino
vino a tu encuentro y te despertó del
sueño en que dormías.
¡Levántate y
camina!” (San Agustín)
Introducción
El quinto domingo y el
sexto domingo de esta cincuentena pascual nos trasladan hasta el cenáculo,
donde –en una amplia conversación– Jesús se despide de sus discípulos y les
deja su testamento. Una pregunta de fondo nos da la clave para entrar en los
pasajes escogidos: ¿Qué implicaciones tiene la resurrección de Jesús para el
presente y el futuro de su comunidad de discípulos?
1.- El texto en su contexto
Un doloroso anuncio: “Me voy”
Después de lavarles los pies a sus discípulos (ver Juan 13,2-20) y
cuando el traidor ya ha salido del cenáculo para ejecutar su macabro pan, Jesús
le anunció a sus discípulos que se iría, que su comunión de vida terrena con
ellos llegaba a su fin: “Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con
vosotros…” (13,33).
La convivencia con Jesús, después de haber sido llamados a compartir
su casa (“Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día”;
1,39), fue un bello tiempo marcado por una amistad sabrosa. Pero éste ahora se
interrumpe y termina bruscamente con la muerte de Jesús.
La nostalgia surge entonces como un sentimiento cruel que aprieta la
garganta. ¿Eso significaría entonces que el discipulado, el seguimiento
estrecho del maestro, la amistad sabrosa con él, no fue más que algo pasajero
que queda para el recuerdo una vez que la muerte se interponga en medio del
amor y separe para siempre a los que se han amado intensamente?
¿Habrá que consolarse con los recuerdos de este tiempo? ¿La muerte es
también el fin de la relación?
“Señor, ¿a dónde vas?”
Pedro no soporta la idea de la separación: “Señor, ¿a dónde vas?”.
Y Jesús le responde: “Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás
más tarde” (13,36). Entonces le anuncia las negaciones (ver 13,38).
La ruta por la cual Jesús “va” será la que Pedro y todos los
discípulos tendrán que recorrer mediante el “seguimiento” (“Me seguirás
más tarde”; 13,36c). Pero antes de hacerlo, el discípulo debe tener una
visión clara y completa de la geografía espiritual que conduce hasta le meta de
ese camino. Por eso a la hora de la despedida, en medio las lágrimas, tratando
de aprovechar con intensidad los últimos instantes que les quedan juntos, la
palabras de la despedida se van convirtiendo poco a poco en palabras de
consolación.
En pocas palabras, Jesús le explica a sus amigos que no se separa de
ellos para siempre sino que su separación marca un giro importante en la vida
del discipulado, no propiamente el fin, digo un giro importante y decisivo en
la manera de seguir a Jesús, un giro importante que tiene como finalidad la
creación de lazos de amor todavía más fuertes, profundos e indestructibles que
los anteriores.
| Orando por la paz en el mundo |
2. Características del texto 2.1. El texto de Juan 14,1-12
Dijo Jesús: 1 “No
se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. 2En
la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy
a prepararos un lugar. 3Y cuando haya ido y os haya preparado un
lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también
vosotros. 4Y adonde yo voy sabéis el camino”.
5Le dice Tomás:
“Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”.
6Le dice Jesús:
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. 7Si
me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo
habéis visto”.
8Le dice Felipe: “Señor, muéstranos
al Padre y nos basta”. 9Le dice Jesús: “¿Tanto tiempo hace que estoy
con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al
Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre?” 10¿No crees que yo
estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo
por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. 11Creedme:
yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. 12En
verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo
hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre”.
2.2.
Núcleo: los discípulos aprenden un nuevo horizonte para sus vidas
La
enseñanza de Jesús comienza con una invitación a confiar en Él: “No se
turbe vuestro corazón” (14,1ª). Cuando los sentimientos se agitan por
el vacío de una ausencia, Jesús ofrece la fortaleza de la fe: “Creéis en
Dios; creed también en mí” (14,1b).
En
la primera parte de la enseñanza, notamos que la referencia a Dios Padre lo
enmarca todo:
- Al
principio dice: “En la casa de mi Padre…” (14,2).
- Al final dice: “Yo voy al Padre”
(14,12).
La
estrecha relación entre el Padre y el Hijo se ve más claramente en el tiempo
pascual:
- Jesús
va al Padre: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”
(20,17).
- De
quien proviene: “Sabiendo que le Padre le había puesto todo en sus manos
y que había salido de Dios y a Dios volvía” (13,3).
- Y con quien vive desde la eternidad en una gran
comunión: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con
Dios, y la Palabra era Dios; ella estaba en el principio con Dios”
(1,1).
Vale la pena observar a lo largo del pasaje que leemos hoy cómo se va
presentando la relación entre el Padre y el Hijo. Este es el horizonte sobre el
cual Jesús propone la relación con sus discípulos.
2.3.
Una enseñanza ordenada
El texto
tiene cuatro partes:
(1) Jn 14,1-4: Jesús exhorta a la confianza y enseña
cuál es el futuro de la relación con Él.
(2) Jn 14,5-7: Jesús les hace una gran revelación (con
un solemne “Yo soy”).
(3) Jn 14,8-11: Jesús señala su profunda unidad con el
Padre.
(4)
Jn 14,12: Jesús saca una consecuencia para el discipulado: “hacer sus
obras” (Es el comienzo de una nueva sección de la enseñanza).
El pasaje se desarrolla siguiendo la dinámica de un diálogo: (1) En la
primera parte Jesús tiene en vista las palabras anteriores de Pedro (13,36: “Señor,
¿a dónde vas?”); (2) en la segunda responde a la pregunta de Tomás
(14,5: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”);
(3) finalmente responde a la solicitud de Felipe: “Señor, muéstranos al
Padre y nos basta” (14,8).
| Compartiendo en el CER |
3. Profundización
3.1. Un vínculo más fuerte con Jesús (14,1-4)
En esta primera parte Jesús exhorta a la confianza y enseña cuál es el
futuro de la relación con Él:
“1No se turbe vuestro corazón. Creéis
en Dios: creed también en mí. 2En la casa de mi Padre hay muchas
mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. 3Y cuando haya ido y os haya preparado
un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también
vosotros. 4Y adonde yo voy sabéis el camino”.
Como anotamos arriba, a la hora de la despedida, Jesús le explica a
sus discípulos que no se separa de ellos para siempre, sino que su partida
sirve para establecer un vínculo aún más fuerte.
(1)
La fe que vence el temor (14,1)
Jesús comienza con palabras fuertes: “No
se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mi” (14,1).
El término “turbación” es elocuente. Para entenderlo remitámonos
al pasaje de la muerte y resurrección de Lázaro, donde dice que delante de la
tumba de su amigo querido Jesús “se conmovió interiormente, se turbó”
(11,33) y enseguida se puso a llorar (11,35).
Esta
turbación es la sensación previa a las lágrimas, es una conmoción profunda, por
eso dice “del corazón”. Es la sensación de que a uno como que le quitan el
piso, no tiene apoyo, como que se pierden los horizontes, todo se vuelve
oscuro. Es una sensación desagradable; por eso tememos tanto la partida de los
seres que amamos.
Un místico lo expresaba de una manera
bellísima con relación a Dios: “Que yo sin ti me quedo, que tú sin mi te vas”.
Es decir: seguir viviendo sin el amado es como morir.
Frente
a ese sentirse sin apoyo Jesús les ofrece un piso de confianza: “Creéis
en Dios, creed también en mi” (14,1b).Jesús señala la actitud
fundamental con la cual los discípulos deben afrontar la situación de la
separación: la confianza.
Esta exhortación vale no sólo para los
discípulos, sino también para todos aquellos que creerán después en Él. Estos
últimos se encuentran en la misma situación de aquellos discípulos, para los
cuales no sólo Dios sino también Jesús mismo ahora hace invisible para los ojos
mortales.
Ante este hecho, los discípulos no deben
dejarse impresionar, perder la compostura, para andar preocupados o inquietos.
Justo ahora deben tener su más sólido fundamento y su inquebrantable apoyo en
Dios y en Jesús. Sólo en la fe serán capaces de enfrentar esta situación. Jesús
habló varias veces del “creer” como respuesta a sus signos y como camino de
acceso a la vida eterna. Ahora que ellos no lo verán más, el “creer” de los
discípulos es aún más necesario.
Pero
así como uno cree en Dios a quien no ve, Dios es invisible, así también hay que
creer en él en cuanto Señor resucitado. De la misma manera que se cree en él
Dios invisible hay que creer el Resucitado.
Jesús
y el Padre están al mismo nivel. A Dios y a Jesús se les debe el mismo tributo
de fe, porque el Padre se deja conocer a través del Hijo y obra en comunión
inseparable con el Hijo por medio de Él (14,10-11). Sin ver, los discípulos
deberán apoyarse con una confianza ilimitada en el Padre y en el Hijo,
construyendo todo sobre ellos.
(2) El
nuevo y definitivo espacio de relación en la casa del Padre (14,2)
El
hecho de que Jesús se vaya no constituye una separación definitiva, sino que
sirve para su unión eterna: “Voy a prepararos un lugar” (14,2b).
La
referencia a “muchas mansiones” en la casa del Padre, expresa ante todo la idea
de una morada permanente. La metáfora no describe a Jesús arreglando un cuarto
sino construyendo una casa: así como lo que se aman, construyen casa para vivir
juntos.
En la frase hay dos pistas importantes:
- Para
Jesús la muerte es un retorno a la casa del Padre (13,1). Exaltado y
glorificado, él estará para siempre en la comunión perfecta con el Padre.
- Jesús había explicado su muerte y su resurrección
desde el comienzo del Evangelio en la expulsión de los vendedores del tempo
diciendo que destruiría el templo destruido por hombres y lo reconstruiría en
tres días, anota el evangelista: “Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo”
(2,21). Jesús resucitado es la nueva construcción.
Es así como la Pascua es la construcción de la “morada”. Exaltado y
glorificado, Jesús estará siempre en la perfecta comunión con el Padre. En ésta
“morada” serán acogidos los discípulos de Jesús. Los discípulos tienen su
patria definitiva no sobre esta tierra sino en Dios (el cielo).
(3) Una comunión perenne: el don más precioso de Jesús (14,4)
Jesús
no se va para abandonar a sus discípulos sino para prepararles un puesto junto
al Padre. Viene entonces para tomarlos consigo y estar en unión eterna con
ellos: “Volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis
también vosotros” (14,3).
Es importante que los discípulos no se fijen solamente en el hecho de
que Jesús muera de tal muerte y que no ya no esté con ellos. Ellos deben ver
con fe el fin, o sea, que todo aquello que Jesús ya llevó a cabo está orientado
a su comunión perenne con Él y con el Padre
(4) Para ello hay que ponerse en camino (14,4)
Pero este don de Jesús, no puede llevar al discípulo al pasivismo: de
la participación y el compromiso. Y eso es lo que Jesús quiere decir con la
imagen del “camino”: “Adonde yo voy sabéis el camino” (14,4).
Hay que ponerse en movimiento por el “camino” indicado por Él mismo en
sus palabras, sus obras y todo lo que aprendieron en la convivencia amiga con
él.
Pero viene enseguida una gran revelación.
3.2. Una gran revelación: el camino es el mismo Jesús (14,5-7)
En esta segunda parte Jesús les hace una gran revelación a sus
discípulos:
5Le dice Tomás: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos
saber el camino?”. 6Le dice Jesús: “Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. 7Si me conocéis a mí, conoceréis
también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto”.
Como se acaba de anotar, lo dicho
en la primera parte acerca del don de la Pascua, podría dar la impresión de que
los discípulos permanezcan pasivos y que sean simplemente conducidos por Jesús
al Padre.
La enseñanza ahora es que los discípulos no pueden permanecer
inactivos sino que deben también moverse por sí mismos. Por eso Jesús los
instruye sobre el camino para llegar al Padre: “Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (14,6).
(1) Los matices de esta revelación (14,6ª)
“Camino”
El
camino es el mismo Jesús. Ya en la parábola del Buen Pastor, él había dicho: “Yo
soy la puerta: si uno entra por mí, estará salvo” (10,9). Nosotros
hombres no podemos salvarnos por nosotros mismos, esta posibilidad es
inaccesible para nosotros. Hay un único acceso a la salvación: Jesús en
persona. La salvación consiste en la unión con Dios gracias al acceso que Jesús
nos da a esta comunión. Como es la única puerta, así Jesús es también el único
“Camino” hacia el Padre, en cuanto es la “Verdad” y
la “Vida”.
“Yo
Soy”
Esta
es la sexta vez en este Evangelio que Jesús se presenta con un solemne “Yo
Soy”. Como cada vez que se define con la expresión “Yo soy”, también aquí Jesús
nos demuestra que en su persona está presente Dios (Yahvé) como dador de
salvación para nosotros.
El gran don que Dios nos hace y nos es manifestado por Jesús es el
hecho de poder acceder a Él. Dios está escondido para nosotros e inaccesible
(“A Dios nadie lo ha visto jamás”; 1,18ª), pero no excluye la posibilidad de que
lleguemos a Él (“Pero el Unigénito, que estaba en el seno del Padre, Él nos lo
ha contado”; 1,18b).
En Jesús, Dios mismo está
presente ante nosotros en su verdadera realidad.
“Verdad”
“Él es la Verdad” significa que sólo por medio de Él se puede conocer
el misterio de Dios. Sólo por medio de Jesús, en su realidad de Hijo, se revela
que Dios es realmente Padre y vive desde siempre en una afectuosa comunión y a
la par con este Hijo (1,1.18). Jesús es la perfecta revelación del Padre.
“Vida”
“Él es la Vida” significa que tenemos la unión con Dios Padre, y por
tanto la verdadera vida eterna, sólo a través de la unión con Jesús. Él es la
fuente de vida: “Yo he venido para tengan vida y la tengan en abundancia”
(10,10; ver también 1,4-5; 5,26; 6,35.57; 8,12; 11,25; 17,2-3).
(2)
La contundencia de esta revelación: todo pasa
por Jesús (14,6b).
Es
claro que Dios es inaccesible a nosotros en su verdadera realidad de Padre.
También es claro que con nuestras fuerzas no podemos llegar por ningún camino
hacia Él. Sólo Jesús es el “camino”.
Entonces,
por medio de Jesús alcanzamos la revelación completa sobre nuestro origen y
nuestro destino (que tiene el rostro de un “Padre” generador de vida y plenitud
de la misma); y no sólo lo sabemos sino que lo logramos: en Él está la “Vida”.
Sólo por medio de Jesús se nos concede el conocimiento y la vida del Padre: “Nadie
va al Padre sino por mí”.
En
cuanto sólo Jesús es el Hijo unigénito que está a la par con Dios, sólo Él es
la puerta de acceso al Padre. Todos los otros caminos no llevan al Padre. Jesús
es el único camino que conduce a la meta. Nosotros no podemos llegar al Padre
con ninguna otra guía. Sólo por medio de Jesús obtenemos el conocimiento de
Dios y la unión con Él en su verdadera realidad de Padre.
3.3.
La maravillosa comunión entre el Padre y el Hijo (14,8-11)
En
la tercera parte, que ahora abordamos, Jesús señala su profunda unidad con el
Padre:
8Le dice Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y nos
basta”. 9Le dice Jesús:
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha
visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? 10¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en
mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece
en mí es el que realiza las obras. 11Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí.
Al menos, creedlo por las obras.
En
su respuesta a Felipe, Jesús aclara de qué modo Él es el camino que conduce al
Padre. Felipe le pide: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”
(14,8).
Felipe parece estar pensando en una teofanía, en una visión directa de
Dios, en una experiencia extraordinaria. Jesús no es “camino” en cuanto
transmite fenómenos y experiencias excepcionales de este tipo. Lo es del modo
que aquí experimentan los discípulos: con sus palabras y con sus obras, con la
vida común entre sí. Lo es en cuanto Verbo de Dios hecho carne, con su aspecto
humano lleno de discreción.
La única posibilidad de abordar y recorrer esta vía es la fe.
Para quienes tienen fe les dice: “El que me ha visto a mí, ha
visto al Padre” (14,9). Quien reconoce por la fe a Jesús como Hijo,
logra enseguida por la fe al Padre. Sólo para quien cree en él, Jesús es el
camino, continuará siéndolo aún cuando no esté visiblemente entre los suyos.
La relación con Jesús no es como la que se tiene con un amigo más,
sino que va más allá: al conocimiento pleno del misterio de Dios y cuyo fondo
es su rostro paterno, y también a la relación misma con este Dios descubierto
en su tremenda cercanía de Padre, una relación, una unión en la cual se genera
una vida eterna.
Aquel Padre, del que Tomás desea conocer con todo su ser, es lo máximo
de la felicidad, de la protección, de la ternura. Por eso dice: “nos
basta”.
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| "Yo soy el camino, la verdad y la vida." |
4. Releamos el Evangelio con
un Padre de la Iglesia
“Si lo amas, síguelo. Me responderás: „Yo lo amo, ¿pero
por dónde lo seguiré?‟. Si el Señor tu Dios te dijera: „Yo soy la Verdad y la
Vida‟, tu deseo de verdad y vida te llevaría ciertamente a buscar el camino
para llegar allá, y pensarías: „ ¡Gran cosa es la verdad, gran cosa es la vida!
¡Oh, si fuese posible que mi alma encontrara el camino para llegar allá!‟.
¿Quieres conocer el camino? Escucha lo que el Señor dice en primer lugar: „Yo
soy el Camino‟. ¿Camino para dónde? „La verdad y la vida‟. Dijo primero por
dónde debes ir, y enseguida indicó para dónde debes ir. „Yo soy el Camino, Yo
soy la Verdad, Yo soy la vida‟. Permaneciendo junto al Padre es Verdad y Vida.
Revistiéndose de nuestra carne, se hizo Camino. No se te ha dicho: „Esfuérzate
por encontrar el camino, para que puedas llegar a la verdad y a la vida‟. No es
eso, ciertamente. Levántate, perezoso. El mismo Camino vino a tu encuentro y te
despertó del sueño en que dormías –si es que llegó a despertarte-. ¡Levántate y
camina!”
(San Agustín, Sobre el Evangelio de Juan, 34,9)
P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM

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