Lectio Divina, Décimo Sexto Domingo Tiempo Ordinario- Ciclo A
El trigo y la
cizaña
Mateo 13, 24-30
I.
Invocatio
La oración es un don de Dios, de seguro
ya lo hemos escuchado muchas veces. Dirijámonos a Él, entonces, con corazón
humilde, con corazón de mendigo como diría san Agustín, pidiéndole que su
Espíritu, que ya nos habita, que ya nos ha sido dado desde el día de nuestro
Bautismo, nos guíe en este encuentro con la Palabra:
Espíritu de Amor,
que con amor conduces la historia, mi historia,
permíteme
acercarme a la Palabra con corazón abierto y vacío,
dispuesto a ser
llenado por la novedad de Dios y de su mensaje.
Espíritu de
Verdad, que desvelas lo más íntimo de la propia intimidad,
condúceme al
encuentro conmigo que me posibilita el dejarme encontrar por mi Abbá,
“Que yo me conozca y que te conozca”.
Espíritu de
Fraternidad, haz que resuene en mi interior el Dios de Jesús,
y graba en mi
médula su sueño de una sola Familia,
para que mi vida
no busque otro fin que su Proyecto. Amén.
II.
Lectio: ¿Qué dice el texto?
Nos acercamos a la Palabra con
confianza, conscientes de que en ella Dios nos habla al corazón. Tomamos la
actitud que Él pide a Moisés ante la zarza: descalzos, desnudos, porque no hay
otra forma de presentarse ante el Misterio de Dios.
“Jesús propuso esta
parábola a la gente:
-El reino de los cielos
se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la
gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó.
Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga, apareció también la cizaña.
Entonces fueron los criados a decirle al amo: «Señor, ¿no sembraste buena
semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?». Él les dijo: «Un enemigo lo ha
hecho». Los criados le preguntaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?». Pero
él les respondió: «No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer
juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores:
"Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo
almacenadlo en mi granero"».
Dejamos que la Palabra nos cale, que haga eco
en nuestro interior. Si es necesario leemos el texto nuevamente, con lentitud,
saboreando cada palabra e intentando descubrir qué frase nos hace vibrar… por
ahí nos habla Dios.
Descubrimos el texto en su contexto:
La parábola en cuestión es una imagen,
exclusiva de la tradición mateana, que nos propone Jesús acerca del Reino de
los Cielos. Las figuras que se resaltan son un hombre, un enemigo, el trigo y la cizaña, los trabajadores.
En cuanto al agricultor, la parábola nos
da a entender que era un hombre con muchas posibilidades: es dueño de un campo,
la semilla que siembra es de calidad, tiene empleados; pero también tiene un enemigo
que quiere perjudicarlo, por eso cuando nadie lo ve, éste entra en el campo que
no le pertenece y coloca las semillas de cizaña junto a las de trigo. El trigo
y la cizaña son dos plantas parecidas, de hecho hay quienes reconocen a la
cizaña con el nombre de “trigo falso”,
básicamente se diferencian por el fruto.
Por parte de los trabajadores se
percibe, primero inquietud ante la procedencia de la cizaña, saben que la
semilla era buena (Cf. Gn. 1, 31ª), y en segundo lugar cierta impaciencia por
arrancarla, por librar al trigo de la amenaza que supone la cizaña. El dueño del campo es paciente y ve más allá
de la prisa de sus siervos: el verdadero riesgo consiste en intentar arrancarla
cuando todavía la distinción es dudosa, además de que sus raíces pueden estar
entrelazadas. Contradictoriamente a lo que ellos piensan, es preciso que
crezcan juntos: hay que esperar, les dice. Sólo al final cuando ya el trigo
esté maduro, en el tiempo de la cosecha, será posible una cribación sin
equívocos.
“El
punto nuclear de la parábola no reside simplemente en la presencia de la
cizaña, ni en el hecho de la posterior separación del trigo y la cizaña. El
centro está en la decisión de permitir que crezca con el trigo. Es lo
sorprendente, lo que suscita el escándalo de los obreros; precisamente, esa es
la política de Dios, esa su paciencia, su infinito y previsor misterio, no
entendido por el hombre”.[i]
Tolerancia y paciencia se convierten entonces en dos características del
Dios de Jesús.
III.
Meditatio: ¿Qué me dice el texto?
A pesar de todo lo anterior, Dios me
habla personalmente a mí a través de esta Palabra. Él toma en cuenta mi
historia, mi proceso personal de crecimiento en la fe, mis circunstancias
actuales. Abro el corazón para escuchar qué es lo que me quiere decir, de qué
forma quiere iluminar mi vida. Me pueden ayudar las siguientes preguntas y
todas aquellas que surjan en mi interior: ¿Con qué elemento del texto me identifico? ¿Cuáles son
mis cuestionamientos ante la presencia del mal en el mundo? ¿Cómo vivo la
paciencia y la tolerancia a nivel personal y a nivel familiar-comunitario? ¿Soy
consciente de la dicotomía trigo-cizaña en mi vida? ¿O pienso que soy sólo trigo bueno y los demás
son los malos?
Agustín también nos ayuda a discernir la
parábola: “Escuchad, amadísimos granos de
Cristo; escuchad, amadísimas espigas de Cristo; escucha, amadísimo trigo de
Cristo; miraos a vosotros mismos, retornad a vuestras conciencias, interrogad a
vuestra fe, preguntad a Vuestra Caridad, despertad vuestra conciencia; y si
reconocéis que sois granos, venga a vuestra mente: Quien persevere hasta
el fin, ese se salvará. Pero quien, al escudriñar su conciencia, encuentre ser
cizaña, no tema cambiar. Todavía no hay orden de cortar, aún no es el momento
de la siega; no seas hoy lo que eras ayer, o no seas mañana lo que eres hoy.
¿De qué te sirve decir que alguna vez cambiarás? Dios te ha prometido el perdón
una vez que hayas cambiado; no te ha prometido el día de mañana. Tal como seas
al salir del cuerpo, así llegarás a la siega. Muere alguien —no sé quién— que
era cizaña; ¿acaso tiene entonces la posibilidad de convertirse en trigo? Es
aquí, en el campo, donde el trigo puede convertirse en cizaña y la cizaña en
trigo; aquí es posible; pero entonces, es decir, después de esta vida, será el
momento de recoger lo que se obró, no de hacer lo que no se obró. (Sermón
73ª)
IV.
Oratio: ¿Qué le digo a Dios?
Hablo con Dios con la confianza de un
hijo/hija con su Papá, y le cuento todo lo que se ha movido en mi interior, mis
inquietudes, mis limitaciones, mi deseo de vivir conforme a su Palabra.
Gracias, Papá Bueno, por
la Palabra que siembras en mi corazón hoy, y por la confianza que depositas en
mí, apostando siempre que ella dará frutos; gracias por tu paciencia conmigo.
Quiero acogerla siendo trigo bueno, Señor:
“Estando en el mundo,
pero no siendo del mundo…
Denunciando la mentira…
Viviendo el evangelio…
Viviendo el mandamiento
del amor…
Demostrando la fe con
buenas obras…
Teniendo misericordia con
los más necesitados…
Practicando la
solidaridad…
Haciendo el bien sin
importar a quien…
Sin renunciar a lo que
creo…
Viviendo con alegría el
servicio y la entrega…
Siendo signo de
contradicción…
Viviendo las
bienaventuranzas…
Anunciando y defendiendo
la verdad…
Yolenny Ramírez Corporán Novicia MAR


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