El clamor del corazón (1° Parte)

10 Palabras sobre la oración en San Agustín[i]

El preámbulo de este tema, que representa para muchos de nosotros la fuente del ser y hacer, está en la exhortación paternal de nuestro padre San Agustín, que anuncia con verdad que la oración es un encuentro con Alguien, donde al mismo tiempo somos encontrados: “Noli foras ire, in teipsum redi, in interiore homine habitat veritas” (De vera rel. 72), es decir: “No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad”.

La siguiente síntesis es la apropiación de uno de los elementos formativos para la vida en nuestra casa de noviciado, como lo es el de la espiritualidad agustiniana.  Son diez palabras claves sobre la vivencia de oración en S. Agustín que sin duda son el reflejo de un ejercitarse continuamente en el amor y que representa para nosotros un reto en medio de tantas distracciones que pueden llegar a usurpar el lugar a la oración.

1.   Don

Es necesario reconocer a Dios como un Padre, pero no como cualquier padre, sino el Padre amoroso, rico, todopoderoso, dadivoso, dispuesto a darse a través de sus dones y gracias.  A partir de esta conciencia podemos acercarnos como hijos, pobres, mendigos, necesitados, confiados, humildes, amantes incondicionales de Dios.

Aprendemos a reconocer que la oración es un don, un regalo que Dios está siempre dispuesto a otorgar y que al mismo tiempo es necesario pedirlo con insistencia, pues nunca nos negará el don del Espíritu.

En esta sintonía fluye la humildad, y con ella el autoconocimiento que nos permite reconocer quiénes somos y quién es el Señor; el surgimiento de una confianza amante, no interesada, que nos permite esperar con paciencia la respuesta de Dios a nuestras peticiones; el agradecimiento continuo y la identificación con su voluntad.

2.  Búsqueda

El hombre y mujer de fe buscan a Dios porque han sido primeramente encontrados.  Nuestro Dios es un Dios enamorado de la humanidad; la oración se convierte en una respuesta a su búsqueda enamorada, es allí donde nos damos cuenta de que hemos sido tocados por Dios.

Vivimos la oración en ánimo de búsqueda, llamando a la puerta de Dios con la conciencia de que esta puerta se toca con la mano del corazón, confiando que detrás hay Alguien que me ama. Así, la oración tiene como frutos la perseverancia, es decir, la insistencia amorosa y confiada de que Dios está siempre aunque no lo vea, y el abandono, como respuesta esperanzadora y arriesgada de su fidelidad y proyecto para nuestra vida.

La invitación latente de S. Agustín es reconocer, por medio de la búsqueda, la presencia de Dios en la creación, en los acontecimientos, en las personas, en el contexto que nos rodea… que nos llaman a elevar el corazón hacia Él.


3.  Fe

La oración es un ejercicio de fe, esperanza y caridad.  Oramos con fe creyendo en un Dios que nos habita y que en su misericordia nos enseña a comprender su misteriosa voluntad en los sucesos de nuestra vida, así como la destreza espiritual de ver las cosas como Él las ve, es decir con los ojos del corazón.

Siguiendo con la imagen de la puerta y la llamada que hacemos con la mano del corazón, es decir desde nuestro interior, la fe nos impulsa a orar, a tocar la puerta porque Dios está ahí; nos ayuda a afrontar nuestra vida dinamizando la búsqueda de quien nos ama y conoce de verdad.


4.  Conversión

El alma para S. Agustín es como una mano que necesita liberarse de aquello que le impide acoger lo que Dios desea conceder.  A partir de esta imagen la conversión es representada como el ejercicio de soltar, desprenderse, vaciarse interiormente, desaferrarnos de los que nos llena y no coincide con la voluntad de Dios.

En este proceso de conversión continua, es indispensable ordenar el corazón, descentrarnos de nosotros mismos para organizar y armonizar todas las dimensiones de nuestra vida en orden a Dios; es en torno a Él que debemos aprender a organizar todo. La oración es lo que Dios hace en nosotros, en la medida en que le demos espacio, apertura, es decir, en que aprendamos a tenerle como el centro de nuestro ser y actuar.

La conversión confluye en el ajustar nuestros pensamientos a Dios, nuestra mirada desde Dios, nuestras actitudes hacia los demás.  De ahí la propuesta de nuestra espiritualidad acerca de la oración continua a través de jaculatorias que me permitan dedicar mis pensamientos a Dios, de la conciencia de que la oración nos debe humanizar, pues un corazón que ama es un corazón que comprende, que evita los juicios y que vive la misericordia.  Por ello el mejor termómetro de la oración son las actitudes, pensamientos, acciones y sentimientos en la vida fraterna.

Brenda Ovalle, Novicia MAR





[i] Apuntes de Fr. Enrique A. Eguiarte Bendímez, OAR

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