“Y los envió a proclamar el reino de Dios y a sanar [enfermos].” (Lc. 9,2)
La enfermedad es un tema que toca lo
más profundo del ser humano porque, como dice el Catecismo de la Iglesia en el
número 1500 “En la enfermedad, el hombre
experimenta su impotencia, sus límites y su finitud”. Como Iglesia trabajamos
con nuestros hermanos enfermos por medio
de la pastoral de la salud, desde los ministros de la Eucaristía (visitando y llevando la comunión) pero
principalmente desde la unción de los
enfermos.
Todos los cristianos estamos comprometidos
con nuestros hermanos más débiles y entre estos están los enfermos, un gran ejemplo de nuestro actuar ante la dificultad del prójimo
nos la da el mismo Jesús en la parábola del buen samaritano (Lc. 10, 25-37).
La enfermedad es un accidente, unas
veces provocado, otras por herencia, y otras sin explicación; pero lo que es
seguro es que nadie quiere padecer la enfermedad, que llega como un
ladrón, y ataca (cf. Lc. 10,30).
Ante esta realidad tenemos
diferentes posibilidades, pero la que sugiere Jesús es una, la del samaritano (Lc. 10, 33-35), la cercanía, el
apoyo, la escucha y la compañía en la oración son simples gestos del Reino que se pueden tener con quienes
sufren y más aún con aquellos que tienen alguna enfermedad terminal, que muchas
veces se sienten un estorbo para sus familias y la sociedad, Jesús nos invita a
salir de nosotros e ir desde nuestras posibilidades al encuentro con el enfermo, pues “El que a ustedes escucha
a mí me escucha…” (Lc. 10,16) no es nuestra única
presencia la que compartimos al acompañar
estamos llevando al mismo Jesús.
“La salud del hombre, de todo el
hombre, fue el signo que Cristo escogió para manifestar la cercanía de Dios, su
amor misericordioso que cura el espíritu, el alma y el cuerpo.” (Benedicto XVI)
Debemos pues procurar la salud, el bienestar de aquellos que más lo necesitan,
posiblemente no somos médicos ni especialistas pero desde el reconocerlos como
seres humanos y mostrarles el amor que Dios nos ha tenido les llevamos la
esperanza de una mejor vida posible aquí y segura si hacemos la voluntad de
Dios en la eternidad.
Pidamos al Señor que nos haga cada
día más Iglesia, cuerpo de Cristo, que la misericordia sea nuestro distintivo y
que podamos ser signos de su amor con aquellos que sufren y que son los
preferidos de Dios.
Karen Polanco Peguero, Novicia MAR



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