LECTIO DIVINA DEL V DOMINGO DE CUARESMA, CICLO C, SAN JUAN 8, 1-11



En el siguiente enlace compartimos el audio de la Lectio Divina:

CONTEXTO:
Se abre el capítulo 8 de Juan con un texto clave de la misericordia: la mujer sorprendida en flagrante adulterio. Está enmarcado en las polémicas que Jesús suscita entre los suyos, de forma que 7,43 nos dice la gente andaba dividida a causa de él”. Algunos lo querían quitar de en medio. Pero, por otro lado su palabra y su vida crea confusión en otros, hasta el punto de decir: Como habla este hombre no ha hablado jamás hombre alguno (7,46)”. Las autoridades se han cerrado a la fe en Jesús y hasta sus parientes (7,5). La respuesta es contundente en Jesús: a mí me aborrecen porque  les echo en cara que sus acciones son malas (7,7)”. Hoy Jesús rescata a una mujer, y contrariamente a lo que todos comúnmente esperamos, salen mal parados, estos que se creen buenos ignorando sarcásticamente la misericordia de Dios, revelada en nuestro Señor. Escuchemos.  

EL TEXTO:
Lectura del santo Evangelio según San Juan 8,1-11.
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: -Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: -El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último. Y quedó solo Jesús y la mujer en medio, de pie.
Jesús se incorporó y le preguntó: -Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?

-Ella contestó: -Ninguno, Señor. Jesús dijo: -Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

¿QUÉ DICE EL TEXTO?:
La Ley decreta pena de muerte para la adúltera (Lv 20,10), pena de muerte por lapidación para la prometida o desposada infiel al hombre a quien legalmente pertenece aunque todavía no conviva con él (Dt 22,21). En el plano simbólico muchos textos del AT presentan a Yhwh esposo que perdona y reconcilia consigo a la mujer infiel, Samaría (Os 2) o Jerusalén (Is 1,21-26; 49; 54; Ez 16).
La escena se desarrolla públicamente, en el templo, donde suele enseñar. Letrados y fariseos presentan al “maestro” un caso legal práctico. No le piden una sentencia forense (el maestro no es juez), sino un dictamen sobre la aplicación de la ley mosaica a un caso particular. Esto presupone que los interlocutores han visto a Jesús distanciarse de la ley y perdonar pecados. La pregunta, por tanto, puede equivaler a:   La hemos sorprendido en flagrante adulterio, ¿la llevamos al tribunal competente?, ¿la ejecutamos sin más?
Jesús en vez de responder enseguida, escribe en tierra, responde y sigue escribiendo ¿Qué escribía? El narrador no lo dice, así que esto se presta a conjeturas por parte de los comentaristas. Una vez escuché algo interesante y es que cuando hay que dar una respuesta asertiva, hay que tomarse el tiempo suficiente para pensar…creo que esto nos puede ayudar.
De su actitud serena y majestuosa se desprende una fuerza que desenmascara (“pusiste nuestros pecados ante la luz de tu mirada”, Sal 90,8), una indignación que hace retroceder a confusos” (Sal. 70,3-4; 129,5).
La ley se hizo para el hombre (y la mujer), y Jesús no ha venido para juzgar (condenar), sino para salvar (12,47). La salvación de aquella mujer está en el perdón y la enmienda (Ez 16,63). Quien esté sin pecado”: hay otro adulterio” más grave, la infidelidad de los dirigentes a su Dios, denunciada por los profetas (ej. Ez 16; =Os 2)[1].
¿QUÉ ME DICE A MI EL TEXTO?

Me fijo en Jesús
Son relevantes sus acciones:
v Fue al monte de los olivos: no dudamos que en continua relación con su Padre, muy consciente ya de que estaba en la boca del lobo.
v Al amanecer se presentó nuevamente en el templo…les enseñaba: esta era su ocupación principal; mostrar el rostro misericordioso del Padre, llevar la buena noticia de la liberación, del perdón, hacer presente el Reino con su palabra, sin miedos, ni titubeos, desenmascarando continuamente a aquellos que lo juzgaban, criticaban y perseguían y entregando misericordia a borbotones entre aquellos que se reconocían necesitados y sedientos de Él.
v Jesús inclinándose…escribía en tierra con el dedo: acaban de hacerle una fea. La mujer es la excusa; detrás del pecado de la mujer, está el juicio a Jesús ¿Qué hará? ¿Qué dirá? ¿De parte de que Dios estará, del de la Ley o del de la misericordia? Jesús muestra una serenidad absoluta; es plenamente libre, y sabe ubicarse rápidamente, por eso se inclina y escribe. Es la actitud de la misericordia viva de Dios, que nos favorece a todos. A los primeros les da la oportunidad de la conversión, a la mujer le da la oportunidad de revelarse, confesarse y recibir el perdón.
v Se enderezó: ahora Jesús ha tomado una decisión y se la juega una vez más para salvar la vida de la mujer y también de aquellos que no quieren ver, ni escuchar, ni entender. Jesús, siempre es la gran oportunidad para cada uno de nosotros. No la perdamos.
v Aquel de ustedes que esté sin pecado, que le lance la primera piedra: Jesús apela a la conciencia, al corazón para que se interrogue a sí mismo. ¿Quién puede escapar de su conciencia? ¿Quién puede evadir una verdad que grita dentro de sí?
v E inclinándose de nuevo seguía escribiendo: sigue sereno; en espera; dando la oportunidad para que cada quien reflexione y tome su propia decisión.
v Jesús vuelve a enderezarse, pero ahora está solo con la mujer. ¡Hermoso encuentro este! Dice san Agustín que “sólo quedan dos allí: la miserable y la Misericordia”.[2] ¡Qué profundo es el amor de  Dios que se abaja y nos levanta; nos saca del fango y sana nuestras heridas!
v ¿Dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?... ¡Vete y en adelante no peques más!: Dios es misericordia. No tengo miedo a que me condenen en esta tierra porque siempre tendré grabado en mi corazón el amor misericordioso que me ha sacado de la oscuridad, del pecado, de la muerte, del error y ahora puedo vivir en El una vida plena. Como la mujer perdonada, regenerada y convertida puedo aprender esta gran lección de amor: cada día me tengo que abajar reconociendo mi pecado para permitirle a Dios que me levante, confiando plenamente en su amor y perdón.

Me fijo en la mujer:
Esa mujer es una pecadora. Yo también soy una pecadora. Hay un adulterio que es símbolo de nuestra infidelidad. ¿Cuántas infidelidades no cometemos día a día? Y peor aún, ¿cuántas piedras no tenemos en las manos para tirarlas contra el hermano porque no piensa como yo, o porque mi corazón es tan duro y tan insolidario que no le paso una? Esa mujer está juzgada, desnuda ante su pecado, pero redimida por la Misericordia. Justamente en nuestro fango, Jesús sale a nuestro encuentro. Nosotros por sí solos no podemos. El Señor nos desnuda por dentro, y hace que se vean nuestras escaras y nos toca para curarlas, aunque duela.

Me fijo en aquellos hombres acusadores:

Aferrados a la ley; supuestamente sabios y de autoridad moral, se reconocen de mayor a menor también pecadores. ¡Qué logro de Jesús! ¡Qué pedagogía! No permitas Señor que tengamos piedras en las manos para lanzarlas a los demás. No permitas que seamos jueces de nuestros hermanos por malas que parezcan sus acciones porque mucho más grandes son las mías. Permite con tu gracia, que primero pueda quitar yo mi viga para después quitarle con amor la paja a mi hermano.

Sólo quedan dos allí: la miserable y la Misericordia. Y el Señor, después de haberles clavado en el corazón el dardo de su justicia, no se digna ni siquiera mirar cómo van desapareciendo; aparta de ellos su vista y se pone de nuevo a escribir con el dedo en la tierra (Jn 8,8). Sola aquella mujer e idos todos, levantó sus ojos y los fijó en ella. Ya hemos oído la voz de la justicia. ¡Qué aterrada debió quedar aquella mujer cuando oyó decir al Señor: Quien de vosotros esté sin pecado arroje contra ella el primero la piedra! Mas ellos se miran a sí mismos y, confesándose reos con su fuga, dejan sola a aquella mujer con su gran pecado en presencia de quien no tenía pecado(…)El Señor dio la sentencia de condenación contra el pecado, no contra el hombre. Si fuera favorecedor del pecado, le habría dicho: «Ni yo mismo te condeno, vete y vive como quieras; bien segura puedes estar de mi absolución; peques lo que peques, yo mismo te libraré de las penas, incluidas las del infierno, y de sus verdugos». Pero no fue esta la sentencia. (San Agustín. Comentario a san Juan 33,4-6).

¿QUÉ ME HACE DECIRLE EL TEXTO A DIOS?

Jesús mío y Dios mío, como la mujer adúltera te confieso mis infidelidades, como los fariseos te presento mis juicios y mis piedras:
-la piedra de la incomprensión
-la piedra del legalismo
-la piedra de la no misericordia
-la piedra del desamor
-la piedra de mis propias injusticias
-la piedra del olvido de tu amor
-la piedra del ojo por ojo y diente por diente.

Pero como la mujer adúltera siento tu mirada amorosa que se encuentra con la mía, y miserable me veo ante la Misericordia. Tú tienes entrañas de amor para conmigo y para con cada uno de mis hermanos. Dame a mí también entrañas de compasión,  de comprensión, de olvido de mí y perdón para con el que me ofende y te pido mil veces perdón por cada piedra que tiro sin que mi conciencia me refute esa acción.

Tanto amó tu Padre al mundo, que se dio en ti, y se dio en amor. Tú te desposaste con tu Iglesia, santa y pecadora, muchas veces infiel y adúltera. Danos a todos conciencia de nuestro pecado, para que como la pecadora, seamos los primeros  en aceptarlo, para sentir continuamente la urgencia de ser acogidos y perdonados por ti.

 Nieves María Castro Pertíñez. MAR





[1] LUIS ALONSO SCHÓKEL, BIBLIA DEL PEREGRINO. TOMO III, 2009, 254-255
[2] Comentario a San Juan 33,4-6






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