SERMÓN 344 DE SAN AGUSTÍN
El sermón 344, relata el amor de Dios,
el amor del mundo y algunas consecuencias del seguimiento a Jesús.
Este
sermón inicia diciendo:
“En esta vida, toda tentación es una lucha
entre dos amores: el amor del mundo y el amor de Dios; el que vence de los dos
atrae hacia sí, como por gravedad, a su amante. A Dios llegamos con el afecto,
no con alas o con los pies”.
Ciertamente
desde que tenemos uso de razón nuestra vida está rodeada del espíritu bueno y
del espíritu malo, somos tentados por la fuerza del mal que nos ofrece aquello
que sabe que nos es atractivo, que nos cautiva y que esta fuerza si no estamos
arraigados en Cristo puede derrumbar todo lo construido por muy bueno que sea.
“A
Dios llegamos con el afecto”, este afecto podría traducirse en nuestra propia
humanidad, en las cosas que habitan en mi corazón, si hay amor, tranquilidad, servicio, entrega y aceptación
para con nuestro prójimo y con nosotros mismos le damos crédito a ese afecto
para llegar a Dios, pero si de lo contrario, en nuestro corazón habita la
mentira, la violencia y la injusticia difícilmente llegaremos a Dios desde una
espiritualidad profunda y sincera.
Como seres humanos, queremos llevar la vida con
nuestras propias fuerzas y capacidades, con nuestros dones y talentos, pero,
nos olvidamos que todas esas cosas que tenemos son dadas por aquel que nos creó
y que no necesita que le demostremos todo “lo bueno” que sabemos hacer sino que
por el contrario quiere que eso que se nos he dado lo pongamos al servicio de
quienes nos rodean.
Muchos
de sus mismos discípulos pensaban que el mesías vendría como un súper héroe que
iba a salvar a todos de sus preocupaciones y problemas, pero la misión de Jesús
era otra. Él “vino a transformar el amor”, se hizo humano, con entrañas de
misericordia, aceptó a todo el que tenía a su lado y nunca dejó de confiar en
sus seguidores, simplemente amó hasta el extremo y este amor transformó la vida
de sus discípulos haciéndolos más “misericordiosos”.
En
muchos de los casos, para sus discípulos, que dejaron todo, no se les hizo tan
fácil como creían, Jesús les pedía radicalidad, compromiso y entrega, es por
esto que les dice “Ama a tu padre, pero no más que al Señor; ama a quien te ha
engendrado, pero no más que a quien te ha creado. Tu padre te ha engendrado,
pero no fue él quien te dio forma, pues él al hacerlo ignoraba quién o cómo
ibas a nacer. Tu padre te alimentó, pero no sacó de sí el pan para saciarte.
Por último, sea lo que sea lo que tu padre te reserva en la tierra, él muere
para que tú le sucedas, y con su muerte te hace sitio en la vida.
Para muchos, podría ser una afirmación e invitación
un poco egoísta, pero el mismo Agustín explica que no es por egoísmo, sino por
ordenar los amores, no se trata de olvidar a nuestros padres, familiares,
amigos, se trata de amar a Dios por encima de cualquier amor humano, y amando a
Dios por sobre todas las cosas puedo amar yo a cualquier persona con libertad y
sobre todo con respeto y aceptación.
Este
seguimiento puede llevarnos también a “un tormento temporal; quizá la muerte” y
ante este caso Agustín nos dice: “Toma tu cruz y sigue al Señor. También tú
mismo Salvador, aunque Dios en la carne, aunque Dios con carne, te dejó ver su
sensibilidad humana cuando dijo: Padre, si es posible, pase de mí este caliz. Muchas
veces queremos mutilar o esconder el
dolor y las preocupaciones pero hasta el mismo Jesús tuvo miedo, sin
embargo, asumió que ese cáliz era necesario para la salvación de nuestros
pecados.
Cristo
al asumir ese cáliz, perdió su vida, eso no quiere decir que no la quería ni
la valoraba, al contrario, supo profundizar en el plan de su padre, no hizo
otra cosa que “confiarla al fiel creador”.
Considero que lo más relevante en este sermón son
los puntos antes mencionados, en el seguimiento de Jesús somos muy tentados por
la fuerza del mal y esta tentaciones en muchos de los casos no nos dejan asumir
con responsabilidad las exigencias propias del discipulado. Agustín con este
sermón me invita a “no arder como la estopa, que la mínima corriente de aire la
apaga, sino como el roble, como el carbón, de forma que el viento me avive”. Si
este fuego que me hace arder es el de Cristo, sin duda alguna, pueden venir
muchas tormentas pero no podrán apagarla.
Te
doy gracias, Señor, por el amor que me tienes, gracias porque me haces
comprender la importancia de tener mis raíces en ti que eres la fuente viva,
gracias por invitarme a asumir con valentía y entrega mi seguimiento, permite,
Señor, que día a día yo ordene mis “amores” carnales, que ellos no me aparten
de ti y que el mal espíritu no me conduzca a amarlos y desearlos más a ellos
que a tu propia presencia.
Wenderlyng
Reyes/Novicia MAR
Comentarios
Publicar un comentario