EL HAMBRE DE DIOS
En este
día quiero compartir con ustedes una reflexión sobre cómo debemos buscar a Dios
en nuestra vida diaria.
Un
hombre tenía mucho trabajo y muchas responsabilidades. Vivía tan ocupado, que
apenas se daba tiempo para comer y para dormir. Gano mucho dinero, era muy
famoso, realizo muchas empresas, pero al tiempo murió de anemia.
No
darse tiempo para orar en medio de las ocupaciones lleva a la anemia y muerte
espiritual. Sentimos inmediatamente los efectos del hambre corporal, que nos
urge a comer, pero no sentimos los efectos del hambre del espíritu sino a largo
plazo, cuando a veces es demasiado tarde.
El
instinto corporal nos lleva a comer, pero solo el instinto de la fe nos lleva a
orar. El primer instinto es el hambre de pan; el segundo instinto es el hambre
de Dios, pues Jesús ha dicho que no solo de pan vive el hombre sino del
alimento que saciar el hambre de Dios.
La
oración no solo aplaca el hambre de Dios, sino que la provoca y la aumenta.
Pues la paradoja del hombre es que éste se deshumaniza cuando no saciar su
hambre de Dios, e igualmente cuando deja de tenerla. La paradoja de la vida del
espíritu es que, para saciarse, es necesario primero sentir el deseo de Dios, y
ambas cosas son necesarias simultáneamente.
Saciarse
de pan hasta ya no sentir hambre es bueno; pero no lo es saciarse de Dios de
tal manera que cesemos de desearlo. Pues cuanto más aumenta el hambre material
más se degrada el hombre, pero cuanto más aumenta su hambre de Dios más se
dignifica.
Si
millones de hombres en el mundo sufren el hambre de pan, es porque otros
millones no tienen hambre de Dios. Pues no es posible sentir hambre de Dios y
buscar satisfacerla, sin desear al mismo tiempo compartir el pan los que tienen
hambre.
Fuente:
Parábolas de la vida y de la fe-Segundo Galilea
Diana
Gómez
Novicia
MAR

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