2. OCUPARSE SIN PREOCUPARSE
Es
cierto que, aunque hay dones de Dios en todo momento y está siempre dispuesto a
sonreírte, también es cierto que ahí están las tormentas. No te puedo engañar
diciéndote que las tormentas se irán y que todo será sol y brisa, no, también
tendrás pequeñas o grandes tormentas.
Ante
esto, nuestra fe cristiana nos mueve a ocuparnos, pero nunca a preocuparnos.
Soy consciente de lo complejo de aprender a aplicar esto, pero también debo dar
testimonio de los grandes frutos que da el confiar en Dios y ocuparse de lo que
está en nuestras manos, y dejar en las suyas lo que no podemos hacer.
Ocuparse
sin preocuparse es la clave. Es algo así como ponerte en función de lo que
puedes hacer, en palabras de Monseñor Munilla: «Ocuparse de la pelota que está
en mi tejado, pero si ya no está en mi tejado, paciencia y esperanza, pues ya
no depende de mí. Aprender a hacer las cosas y entregarlas cuando ya no son mi
tarea, evitando el agobio».
En
muchas y repetidas ocasiones se presentan esas lluvias o tormentas que nos
desvelan, que nos enferman y roban la paz. Jesús en la barca responde ante
esto: «Hombres de poca fe…», sé que son palabras fuertes, pero es una
característica de Jesús, el hablarnos y sacudirnos para que despertemos a la
fe.
Diana Gómez
Novicia MAR

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