LECTIO DIVINA TERCER DOMINGO DE CUARESMA, CICLO A - JUAN 4,5-42
“Cuando les haga ver mi santidad los reuniré de todos los
países; derramaré sobre ustedes un agua pura que los purificará: de todas sus
inmundicias e idolatrías los he de purificar. Y les infundiré un espíritu nuevo
dice el Señor (Ezequiel 36,23-26).
Nos disponemos para
este encuentro con nuestro Padre Dios. Abramos nuestro corazón pidiendo la luz
del Espíritu Santo para que nos ilumine y
nos dejemos tocar por la luz de su Palabra.
Espíritu
Santo, inspíranos, para que pensemos santamente.
Espíritu
Santo, incítanos, para que obremos santamente.
Espíritu
Santo, atráenos, para que amemos las cosas santas.
Espíritu
Santo, fortalécenos, para que defendamos las cosas santas.
Espíritu
Santo, ayúdanos, para que no perdamos nunca las cosas santas.
(San Agustín)
Puedes acceder por medio de este link a
la reflexión del Evangelio sonoro de este domingo
https://drive.google.com/file/d/0B2Pb_ODVLt4lQ0wtb0VIaURfdjg/view?usp=sharing
CONTEXTO
Continuamos
avanzando en nuestro itinerario cuaresmal y llegamos hoy al tercer domingo de
cuaresma. El evangelio que nos presenta san Juan es un texto difícil por su
extensión y por su simbología, pero con ello busca el evangelista dar fuerza a
la narración. Imaginemos a Jesús cansado y sentado en el pozo. Llega una
samaritana para sacar agua. Los samaritanos son despreciados por el pueblo
judío. Sin embargo, Jesús no lo duda y
le pide a esta mujer samaritana «dame agua para beber».
Cristo
se presenta ante la samaritana como una persona fatigada, sedienta de tanto
caminar, como quien tiene urgencia de saciar una necesidad propia del
organismo. Se presenta como hombre. Podría haberse aparecido de otra forma por
ejemplo diciéndole inmediatamente que era el Hijo de Dios o haciendo manar gran
cantidad de agua del pozo, para que supiese enseguida quién era. No obstante,
la pedagogía de Cristo es una pedagogía de amor, de espera, de comprensión, de
respeto a la propia libertad.[i]
TEXTO. Lectura del santo Evangelio según San Juan 4, 5-42
En
aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo
que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado
del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: Dame de beber. (Sus
discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida). La Samaritana le dice:
¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los
judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contesto: Si conocieras el
don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría
agua viva. La mujer le dice: Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de
dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio
este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: El
que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le
daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él
en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. La mujer le dice: Señor,
dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Él le dice: Anda, llama a tu marido y vuelve.
La mujer le contesta: No tengo marido. Jesús le dice: Tienes razón, que no
tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has
dicho la verdad. La mujer le dice: Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros
padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe
dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: Créeme, mujer: se acerca la hora en
que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no
conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de
los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar
culto verdadero adoraran al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea
que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en
espíritu y verdad. La mujer le dice: Sé que va a venir el Mesías, el Cristo;
cuando venga él nos lo dirá todo. Jesús le dice: Soy yo: el que habla
contigo. En esto llegaron sus discípulos
y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le
dijo: « ¿Qué le preguntas o de qué le hablas?» La mujer, entonces, dejó su
cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: Venid a ver un hombre que me ha
dicho todo lo que he hecho: ¿será éste el Mesías? Salieron del pueblo y se
pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le
insistían: Maestro, come. Él les dijo: Yo tengo por comida un alimento que
vosotros no conocéis Los discípulos comentaban entre ellos: ¿Le habrá traído
alguien de comer?: Jesús les dijo: Mi alimento es hacer la voluntad del que me
envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro
meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los
campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario
y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y
segador. Con todo, tiene razón el proverbio «Uno siembra y otro siega.» Yo os
envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el
fruto de sus sudores. En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él [por el
testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho. “Así,
cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y
se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a
la mujer: Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y
sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.
¿QUÉ DICE EL TEXTO?
·
Podemos observar en este
relato los pasos del proceso catecumenal que lleva a la fe y vida en Jesús:
·
Se ubica el encuentro en
un lugar y en una hora (vs. 5 y 6);
·
Jesús pide agua a la
samaritana: Dame de beber (7). El agua viva (10 y 11), que promete Jesús y
provoca en la samaritana la petición: Señor, dame de esa agua para que no tenga
más sed (15);
·
Jesús quiere cambiar la
vida de la samaritana, que no va tanto a “llamar a su marido” (16), sino a
aceptar el verdadero culto (Los maridos son el símbolo del culto a los ídolos,
dioses falsos).
·
Presentación de Jesús
como el Mesías: Soy yo (26); la samaritana se convierte en evangelizadora ante
su gente (vs. 39-42), que creen también en Jesús (42).
1. Jesús el Mesías: El evangelista Juan presenta varias veces a Jesús con la
autodefinición: Yo soy. Podemos recordar algunas: Yo soy... el pan de vida (6,
35), la luz del mundo (8, 12), el buen pastor (10, 11), la resurrección y la
vida (11, 25), la vid (15, 1 y 5), Yo soy (18, 5) ante Judas y soldados, soy
rey (18, 37).
La
expresión Yo soy sonaba a los oídos de los judíos igual que Yahvé (soy el que
soy), el nombre de Dios. Ante la samaritana se autodefine: Yo soy el Mesías (4,
25-26). Jesús se presenta con audacia y libertad, dejando a un lado la fama
negativa de herejes. Jesús que ofrece el agua verdadera que calma la sed de los
que buscan al Señor.
2. La samaritana: Es el símbolo de los
samaritanos, que habían dado culto a cinco dioses de otros pueblos (2 Re 17,
24ss; son los novios que dice el v. 18).
¿QUÉ ME DICE A MI EL TEXTO?
A lo
largo del fatigoso camino de la vida siempre podemos decir: tengo sed de Dios, del
Dios vivo, la que me sacia en la vida para que nunca tenga más sed. Y hoy el
evangelio presenta el pasaje de la
samaritana, que deja ver un sentido esencial: Jesús es el agua verdadera para
la humanidad y quien beba de su manantial, quien lo siga y confíe totalmente en
Él, no pasará sed, aun cuando atraviese los más duros desiertos y
dificultades.
Y me cuestionaba
con esta pregunta ¿Si me doy cuenta de que con Jesús ya tengo el agua viva que
calma toda mi sed de felicidad? Y me fijo en la Samaritana que quiere beber del
agua que le ofrece Jesús con amor y sin cambiar nada a cambio, simplemente su
plena libertad de seguir a Jesús hasta el final. Y también me invita a través de la oración, la eucaristía que me sostiene en la vida diaria.
Hoy,
Jesús, te presentas ante mí como un desconocido y me prometes el agua que da
vida. Muchas veces Señor no alcanzo yo a ver tu grandeza, por eso te pido que
aumentes en mí la fe, para verte con más claridad con mis ojos y mi corazón
para conocer el don tuyo Señor. Haz que me adentre en mi misma para centrarme
en ti y únicamente en ti, donde solo tú puedes llegar a mi vida.
¿QUÉ LE DIGO O DECIMOS A DIOS?
Señor
Jesús espéranos hoy junto al pozo de tu manantial ya que tú nos saciarás la
vida, en ese encuentro amoroso contigo porque tú eres el agua viva que clama
toda nuestra sed. Por eso Señor te pido que nos sacies con esa agua pura, para
no tener más sed de cosas que no valen la pena y que nos desvían de tu amistad
y sobre todo de ser feliz.
Sácianos
de tu dulzura para que cada día nos
entreguemos con generosidad a nuestros hermanos para anunciarles que Tú eres la Buena
Noticia. Dios mío, aumenta mi fe cada vez que me acerco a ti y fijando en ti
Señor Jesús, fatigado del camino, sediento de la humanidad, para que nosotras
podemos descubrir tu infinita misericordia y que nos ofrezcas la fuente del
verdadero manantial en nuestros corazones.
Imaginemos
lo que hizo la samaritana. ¿Qué cara
pondría esta mujer cuando un judío le pide a ella y una mujer pagana, le dé
agua? Esta mujer ha descubierto la fe y se pone en manos de Dios, sin embargo
nos hace una invitación muy grande que muchas veces nosotros nos alejamos más
de él y debería ser al contrario de acercarnos más en la oración y que nos saciemos
de su palabra que nos da cada día para que nunca tengamos sed.
Juana Maricela Hernández Tzunún/MAR.





Comentarios
Publicar un comentario