30 de abril de 2017

CONFIAT (Discípulos de Emaús)

Queridos lectores, en este Domingo queremos compartir con ustedes un nuevo tema del programa “CONFIAT”, en esta oportunidad nos habla la Hna. Nieves María Castro, MAR.,  quien nos comparte la Lectio Divina del Tercer  Domingo de Pascua, esperamos que sea de su provecho y puedan dejarse tocar por esta palabra tan hermosa.



29 de abril de 2017

Lectio Divina III Domingo de Pascua, CICLO A - Lucas 24,13-35

<<Quédate con nosotros, Señor>>

CONTEXTO

Los relatos de Pascua que describen los evangelistas, hay que entenderlos, más que nada, como descripciones de experiencias de fe en el Resucitado.

Son catequesis para describir y descubrir quién es Jesús, qué propone a los discípulos, y cuál debe ser el itinerario que éstos han de seguir para realizar su misión de apóstoles o evangelizadores.[1]

Este relato de Emaús es una bellísima enseñanza en torno a dos puntos:
·        ¿dónde se presenta el Resucitado?
·        ¿cómo encontrarlo en la realidad de la vida?

Lucas escribe hacia el año 85 para la comunidad de Grecia y del Asia Menor que vivían en una difícil situación, tanto interna como externa.

Dentro existían tendencias divergentes que hacían difícil la convivencia: por los fariseos que querían imponer la ley de Moisés, grupos estrechamente vinculados a Juan el Bautista que no habían oído hablar del Espíritu Santo, judíos que se servían del nombre de Jesús para expulsar demonios, existían los que se llamaban discípulos de Pedro, otros que eran de Pablo, otros de Apolo, otros de Cristo (1Cor 1,12).

Lucas escribe para estas comunidades, para que reciban una orientación segura en medio de las dificultades y para que encuentren la fuerza y la luz en lo vivido desde la fe en Jesús. Uno de los objetivos específicos es el de mostrar, mediante la historia tan bella de Jesús con los dos discípulos de Emaús, cómo la comunidad debe leer e interpretar la Biblia. [2]

En realidad, los que caminaban por el camino de Emaús eran las comunidades (y somos todos nosotros). Cada uno de nosotros y todos juntos, somos el compañero o la compañera de Cleofás (Lc 24,18). Junto a él, caminamos por los caminos de la vida, buscando una palabra de apoyo y orientación en la Palabra de Dios.

Puedes acceder por medio de este link a la reflexión del Evangelio sonoro de este domingo
TEXTO

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que dista sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado; pero sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle. Él les dijo: «¿De qué discutís por el camino?» Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado allí éstos días?» Él les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.»

Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras.

Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le rogaron insistentemente: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Entró, pues, y se quedó con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido al partir el pan.

¿QUÉ DICE EL TEXTO?

El Resucitado se presenta ante los discípulos en un recorrido de fe y de búsqueda, que va desde la situación dolorosa de éstos hasta la salida de Emaús para comunicar a sus compañeros el gozo del encuentro con Jesús Resucitado. Podemos señalar estos pasos:

a) Jesús se presenta en la historia humana, llena de sufrimientos con frecuencia. Los dos de Emaús caminaban de espaldas a Jerusalén (donde había sucedido el misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesús), de espaldas a la comunidad de discípulos, con los ojos cegados y entristecidos, sin ilusión, desesperanzados. Nosotros esperábamos (v. 21).

b) Jesús se manifiesta en su Palabra. El Desconocido catequiza a los dos de Emaús. Repasa la historia de la salvación para hacerles comprender el misterio de la cruz: que el Mesías tenía que padecer para entrar en la gloria (v. 26). Les explicó lo que decían de él las Escrituras (v. 27). Al fin, por la luz y el fuego de la Palabra, comentan: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? (v. 32).

c) Jesús se revela al partir el pan. Ante la súplica de los dos discípulos: Quédate con nosotros, porque es tarde y está anocheciendo (v.29), el Resucitado, sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a ellos (v. 30). Es el momento luminoso cuando los discípulos reconocen totalmente al Resucitado. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron (v. 31).

d) Jesús está en la comunidad. Se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén (v. 33). Con la fe y la esperanza recuperadas, los dos de Emaús regresan a la comunidad que habían abandonado. Y estos dos, junto con los otros discípulos, a coro y con gran alegría, proclaman su experiencia del encuentro con el Resucitado.[3]

¿QUÉ ME DICE EL TEXTO?

Al leer hoy tu evangelio, Señor, puedo mirar tu gran bondad con aquellos que amas, con aquellos en quienes confías.

Sin duda esta palabra de hoy me invita a confiar en ti, a reconocerte en la fracción del pan y en la comunidad.

Me invitas a no ser necia y de corazón duro ante las dificultades y contrariedades propias de la vida, hoy me dices que te busque y que te pida momento a momento que te quedes conmigo, con mis alegrías y tristezas, con mis caídas y levantadas, pues sólo eres tu quien puede saciar mi alma y mi hambre y sed de ti.

¿QUÉ LE DIGO YO A DIOS?

Me fijo en los personajes:

Estos discípulos iban ensimismados en lo que había pasado, tenían sus ojos vendados porque no creían en tu resurrección, hasta el punto de perder la esperanza al decir: “esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel”, tuvieron que presenciar que tu partías el pan para poder asimilar tu presencia real.

Y ahora es donde me pregunto:
¿Cuántas veces he ido caminando ensimismada en mi misma y en aquello que no entiendo o que no me parece tangible?
¿Cuántas veces he dudado de que tu resucitaste y que por lo tanto habitas en mí, que estás en mi corazón y en mis hermanos que comparten conmigo en la cotidianidad?

Ayúdame Señor a mirarte, a contemplarte en la eucaristía, allí estás en el misterio más sagrado que nos has dejado: tu cuerpo y sangre.

Ahora me fijo en ti, mi Jesús: tu nunca invadiste ni impusiste nada a estos discípulos que caminaban a Emaús, dejaste que te explicaran lo que ellos estaban viviendo, los confrontaste diciéndoles “¡qué necios y torpes de corazón son para creer lo que anunciaron los profetas!”

Quisiste seguir tu camino pero aceptaste su invitación, te quedaste con ellos y les partiste el pan, los alimentaste no solo corporalmente sino también espiritualmente, fue allí donde pudieron abrir sus ojos y reconocerte.

Qué hermoso es Señor, que te quedes con nosotros, que podamos proclamar de corazón: ¡VERDADERAMENTE ESTÁS VIVO en mí, en todos.


Ayúdanos, Señor, a no esperar manifestaciones grandes de tu presencia, sino que en la cotidianidad podamos hallarte y de esta manera TOMARTE, PARTIRTE y REPARTIRTE a quien te necesite.

WENDERLYNG REYES/NOVICIA MAR



[1] http://es.catholic.net/imprimir.php?id=16999
[2] http://www.ocarm.org/es/content/lectio/lectio-divina-3-domingo-pascua
[3] http://es.catholic.net/imprimir.php?id=16999

28 de abril de 2017

MEMORIA AGRADECIDA POR EL XXXII ANIVERSARIO DEL MARTIRIO DE NUESTRA HERMANA CLEUSA CAROLINA RODY COELHO. MISIONERA AGUSTINA RECOLETA. LÁBREA 1985-2017



Quisiera en esta ocasión hacer mención de una semblanza. La semblanza de nuestra hermana Cleusa, que dio su vida por la causa indígena hace ya 32 años en las riberas del Purús amazónico.

Volver a escribir de ella, es volver a recordarme el legado que tenemos en el corazón de la congregación, que es corazón de nuestra vida consagrada para la misión.

Y hoy Cleusa me hace evocar el texto de Romanos 12, 1 que dice:

Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos  como Hostia viva, santa, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.

Y Cleusa fue para nosotras y para sus pobres ribereños ejemplo de Hostia viva; por eso podemos resaltar que:

COMO MISIONERA

-Fue tenaz en su fe,
-Entregó su vida a Dios,
-Derramando su sangre a favor de la paz y la justicia.
-Don Pedro  Casaldáliga le concedió el título de mártir de la causa indígena”
-Creemos que lo es.
-En ella encontramos la persistencia en la búsqueda de los derechos de los indios,
- Su compromiso fue  radical.
CONSECUENCIAS…Su muerte por la causa indígena es continuación de una vida totalmente entregada a los más necesitados.

Vivía para los demás hasta entregar su última gota de sangre…
Lo hacía todo por amor a Dios y a los demás, como cristiana y religiosa”.

 ”El profundo amor a Dios expresado en la persona del hermano culminó, ahora como siempre, en el martirio y en la cruz”.

COMO AGUSTINA
-    Procuró vivir lo que indica la regla de san Agustín: habitar unánimes y concordes en la casa del Señor, teniendo una “sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios” (R.1,2).
-    En ella no había distinción de raza ni color. Vivió en fraternidad y la ofreció a todas las personas que tuvieron la suerte de compartir con ella momentos especiales de su vida, de su amistad, tanto en lo material como en lo espiritual.
-    Vivió la vida religiosa en la iglesia según el espíritu de san Agustín, expresado en la Regla, que invita a poner todo en común y a compartir (R1,3). Ella así lo expresó con la comunidad y con los pobres.
-    Asumió con responsabilidad este espíritu, participando de los cursos, retiros y encuentros promovidos por la congregación. Su presencia en la comunidad era siempre constructiva, valoraba a las hermanas, realzaba lo positivo de cada una, lo que contribuía al crecimiento de todas. Su manera de ser alegre y su forma de compartir, comentar, dialogar, sugerir y cuestionar, siempre enriquecía a la comunidad, a la cual se sentía unida.

Ma. Lourdes escribirá:
"La hermana Cleusa vivió profundamente el carisma de la recolección: el espíritu agustiniano. No se detenía solo en la observancia de lo prescrito, iba siempre más allá, en una donación realmente de amor, en la vivencia de su vocación. Ciertamente, nunca habrá negado algo a Dios conscientemente".
COMO RECOLETA
-    Fue fiel al espíritu de la recolección. Vivió en proceso continuo de recogimiento y conversión para escuchar la palabra de Dios que habla al corazón; para ser iluminada por Cristo, maestro interior, sin el cual el Espíritu Santo a nadie ilumina, y donde encuentra a los hermanos.

-    Dedicaba mucho tiempo a la lectura espiritual  (vs. TV). Vivía con austeridad, espíritu de sacrificio y penitencia. Reflexiva y recogida, su espíritu de fe lo expresaba de un modo especial en la oración, que llevaba cada día a la vida.

-    Escuchaba la voz del Espíritu, lo que le permitía leer los signos de los tiempos, afrontar las dificultades de cada momento, caminar con los pobres y aprender de ellos. Se esforzaba siempre por cumplir la voluntad de Dios y aceptaba gustosa lo que se le mandaba, porque en ello veía dicha voluntad.

-    El hecho de consagrarse al Señor por la profesión religiosa, el haberse mantenido fiel hasta dar la vida por la causa de aquel a quien consagró todo su ser, coronan su entrega incondicional. Tenía muy clara la necesidad de hacer la voluntad de Dios.

-    Su disposición y recogimiento en la capilla llamaban la atención. A veces dedicaba más tiempo del establecido por las constituciones de la congregación.

-    Fomentaba el silencio como actitud de vida e invita a los demás a vivirlo. Decía que “el silencio nos disciplina, haciéndonos esperar la respuesta de Dios”.

-    El culto y adoración a la eucaristía eran en ella muy notables.

La esposa de un pastor presbiteriano nos dejó este hermoso poema que nos habla de su desprendimiento total y su gran libertad interior. Que el testimonio de Cleusa nos siga hablando, golpeando, interpelando para que nuestra vida, desde los dones recibidos, sea vida en abundancia y vida que se dona y enriquece a los hermanos.

¿Extranjera?
Sí, soy cristiana.
Mi patria es más allá
Es la patria de Dios
 Donde añoranzas no hay,
Ni lágrimas, ni dolor,
Solo existe el amor.

¿Forastera?
Sí, soy cristiana.
Posada no tengo fija.
Estoy siempre llegando,
Quedando y partiendo.
Toda la tierra es patria
Y la patria –tierra extranjera,
En el cielo- la verdadera.

¿Peregrina?
Sí, soy cristiana.
Peregrina feliz,
Nada tengo y nada soy,
El hogar abandoné.
En el Otro me perdí
Y en él me encontré.

¿Extranjera? Sí.
¿Forastera? Sí.
¿Peregrina? Sí.
En camino de la Patria estoy:
Cristiana soy.

NOTA: Esta semblanza está extraída de "LÁMPAARAS ARDIENTES". Cleusa Carolina Rody Coelho, sangre derramada. Autora: Rosalina Menegheti, MAR.

NIEVES MARÍA CASTRO PERTÍÑEZ. MAR

27 de abril de 2017

AGUSTINAS VERDADERAS…


Resfrescar nuestro carisma es un ejercicio oportuno en este tiempo de preparación al XII Capítulo General. Es una oportunidad para preguntarnos cómo estamos en fraternidad. Es tomar el pulso al tema de nuestras relaciones, pero sobre todo es buscar el fundamento que lo hace vivo. En nuestra dimensión agustiniana, fraterna, hemos de hundir las raíces en lo que dio origen a la vida consagrada, siguiendo a Cristo más de cerca. Cuando comprendemos el alcance de nuestra vocación es más fácil apostarle a la radicalidad que ella conlleva y por tanto a la autenticidad que puede expresar el ser AGUSTINAS VERDADERAS.

El decreto Perfectae Caritatis reconoce el origen evangélico de la vida consagrada. Así dirá en el numeral 16:

“ya desde los comienzos de la Iglesia hubo hombres y mujeres que, por la práctica de los consejos evangélicos, se propusieron seguir a Cristo con más libertad e imitarlo más de cerca y, cada uno a su manera, llevaron una vida consagrada a Dios”.
Cabe decir además que toda comunidad consagrada nace de una nostalgia de los orígenes, un deseo de  experimentar  la unidad y comunión vivida por Jesús y sus discípulos, y los primeros cristianos de Jerusalén. Desde esta raíz evangélica se ha podido llamar a la comunidad “apostólica” en tres sentidos:

-nace, lo mismo que para los apóstoles, del común seguimiento de Cristo, que se constituirá en centro;
-vive de acuerdo al modelo de la primitiva comunidad cristiana;
-se abre al mundo igual que los apóstoles que fueron enviados por el Resucitado[1].

Si la primera acepción de la vida apostólica remite al seguimiento de Jesús por parte de los primeros discípulos, la segunda se refiere a la imitación de la vida que los apóstoles instituyeron en Jerusalén cuando dieron origen a la primera comunidad cristiana. En Oriente fueron Pacomio y sus discípulos, y después Basilio, los que pusieron como modelo de su comunidad a la primitiva Iglesia de Jerusalén.

En Occidente fue san Agustín, para quien la comunidad de los primeros cristianos se vuelve fuente de constante inspiración: la cita al menos 53 veces en sus obras. Para el obispo de Hipona, de hecho, la vida de su comunidad monástica “encuentra en ella, tal como la presenta la Sagrada Escritura en los Hechos de los Apóstoles, su modelo y el ejemplo”.[2]

El papa Francisco nos habla de la conciencia que supone haber recibido un carisma ya que su  fecundidad va a depender de la comunión que exista entre aquellos que lo han recibido. Por eso dirá:

El Espíritu Santo también enriquece a toda la Iglesia evangelizadora con distintos carismas. Son dones para renovar la Iglesia. No son patrimonio cerrado, entregado a un grupo para que lo custodie; más bien son regalos del Espíritu integrados en el cuerpo eclesial,  atraídos hacia el centro que es Cristo, desde donde se encauzan en un impulso evangelizador. Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialidad, su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos. Una verdadera novedad suscitada por el Espíritu no necesita arrojar sombras sobre otras espiritualidades y dones para afirmarse a sí misma. En la medida en que un carisma dirija mejor su mirada al corazón del Evangelio, más eclesial será su ejercicio. En la comunión, aunque duela, es donde un carisma se vuelve auténtica y misteriosamente fecundo. Si vive este desafío, la Iglesia puede ser un modelo para la paz en el mundo (EG 130).
Nosotras, hemos recibido el carisma agustiniano, que está preñado de un amor profundo a Jesucristo y difusivo en los hermanos, cuya dinámica busca siempre la unión de almas y corazones en Dios. Nada más contrario al carisma agustiniano que la uniformidad; frente a esto san Agustín nos reta a vivir la unidad en la pluralidad, pues de allí se desprende el respeto a la persona, a la cultura, a las diferencias étnicas, raciales, a la propia idiosincrasia de cada una y su proceso de endoculturación. En la raíz  de la pluralidad está la creación de Dios, que nos hizo a cada uno diferentes, pluriformes pero capacitados para amar y ser amados y aceptarnos en nuestras relaciones. Dentro de las diferencias es importante escuchar el llamado del papa Francisco que expresa:

Las diferencias entre las personas y comunidades a veces son incómodas, pero el Espíritu Santo, que suscita esa diversidad, puede sacar de todo algo bueno y convertirlo en un dinamismo evangelizador que actúa por atracción. La diversidad tiene que ser siempre reconciliada con la ayuda del Espíritu Santo; solo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división y, por otra parte, cuando somos nosotros quienes queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Esto no ayuda a la misión de la Iglesia (EG 131).
San Agustín fundamenta toda su espiritualidad en el amor a Dios y a los hermanos:
El amor por el que amamos a Dios y al prójimo posee toda la magnitud y latitud de las palabras divinas. El único Maestro, el celestial, nos enseña: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo...”[3].
”Si amáis a Dios, arrebatad al amor de Dios a todos los que con vosotros están unidos y a todos los que se hallan en vuestra casa. (…) arrebatadlos a gozar y decidles: Engrandeced conmigo al Señor”[4].
Cuando (el alma) está limpia de los afectos sucísimos de este mundo vuela con las alas extendidas, con las dos alas libres de todo impedimento, es decir con los dos preceptos del amor de Dios y del prójimo[5].

Perdemos nuestra identidad cuando nos olvidamos de Dios. Podemos perder el tren de la fraternidad si descuidamos la esencia de nuestra consagración centrándonos en nosotras mismas. Nuestro amor indiviso debe renovarse cada día en la oración para que Dios avive en nosotros el fuego de su amor y poder decir con san Agustín: ¡Oh amor que ardes y nunca te extingues. Caridad, Dios mío, enciéndeme![6]

Volver la mirada a nuestros fundadores es un estímulo para renovar esta dimensión de nuestro carisma que ellos supieron encarnar fuertemente en la vivencia de la fraternidad. M. Carmela nos dirá al respecto:

“En nuestras primeras casas, reinaba tal espíritu de servicio a la iglesia en sus miembros necesitados; tanta fraternidad, sencillez y alegría, que era lo que más llamaba la atención a cuantos nos conocían, convirtiéndose nuestras comunidades en focos de vocaciones.
Y Monseñor F.J. Ochoa, nos lo ratificárá:  

“Mis monjitas deben distinguirse de todas las demás en el espíritu de humildad y sencillez, y de caridad para con todos” (…) La humildad y sencillez, unidas a la caridad, son las virtudes que con mayor rapidez nos acercan a Jesús y a nuestra Madre”. (…)Mis monjitas han de ser las monjitas de todos, sobre todo de los pobrecitos. Y siempre y con todos sencillas, humildes, sonrientes, caritativas.
“Nuestras hermanas han de ser verdaderas Madres, no sólo de las jóvenes que han de abrazar el mismo estado religioso, sino también de las pequeñas de la Santa Infancia, y aún de los mismos Misioneros. Serán siempre caritativas y amables con todos”.
“Pues sépanlo todas, el distintivo de nuestra Congregación ha de ser ese precisamente, y el secreto para ganarse pronto a Jesús, y a nuestra Stma. Madre, y también para atraer el mayor número de almas hacia Dios, debe ser ese, y sólo ese, la humildad, la sencillez, la mansedumbre, la paciencia y la caridad de todas las Agustinas Recoletas Misioneras de María”. [7]
Y la única motivación para amar es Jesús. Ya nos lo decía san Agustín: “por amor de tu amor hago lo que hago”. ¿Será que en nuestras comunidades reina ese espíritu de fraternidad que puede superar barreras étnicas, culturales, generacionales, capaz de generar y potenciar lo mejor de sí mismas en el corazón de la comunidad?

M. Esperanza muy sabiamente nos decía en una de sus cartas:

“Cuando amamos y damos parte de nuestro corazón, nos convencemos de que hacemos  algo bueno, pues si Jesús nos dice que lo que se hace por uno de sus pobrecitos lo toma como hecho por Él, bien podemos decir que todo cuanto hacemos es por Jesús, y sólo por Él.
¡Cuántas ocasiones se nos presentan en una comunidad de practicar la caridad y cuánto alegramos con ella el corazón de Dios! Dice una santa que las bendiciones del Señor serán dadas a la medida de nuestra unión con el prójimo. ¡Cuánto les recomiendo esta unión de caridad entre todas! Yo quisiera que fuera este nuestro distintivo entre todas las demás religiosas, amor, amor grande de unas con otras. Cuando hay este amor todo se soporta, todo se disimula, todo se perdona. (…)[8]
En estos tiempos que vivimos, ante el peligro del individualismo, la tecnología, la comunicación virtual, el sectarismo, corremos el riesgo de ignorar al hermano, a la hermana; y esto es un pecado comunitario que nos roba la comunidad. ¡Qué paradoja! Tendremos que revisar entonces nuestra vida interior para encontrarnos con los tesoros que la cobijan. Ojalá encontremos el legado que nos refrende que somos AGUSTINAS VERDADERAS;  y que esa impronta que siempre nos caracterizó la revitalicemos en el hoy de nuestra vida. Solo el testimonio de una vida que se entrega, que se dona, con un corazón indiviso, podrá estar disponible para amar sin reservas al Dios que se manifiesta en nuestros/as hermanos/as.

NIEVES MARÍA CASTRO PERTÍÑEZ. MAR




[1] GARCÍA ANDRADE, C. Juntos hacia Dios, 2014, 23-25
[2] GARCÍA ANDRADE, C. juntos hacia Dios. 2014.  Citando a Trapé. la Regola, P. 33-34
[3] s.  350, 2.
[4] en. Ps. 33, 2, 6.
[5] en. Ps. 121, 1.
[6] conf. 10, 39.
[7] AYAPE. E. Madre Esperanza. P. 211
[8][8] Ibid., 282