30 de noviembre de 2015

REFLEXIÓN DE TEXTOS SOBRE LA ORACIÓN DE JESÚS Y ALUSIVOS EN EL EVANGELIO DE LUCAS (XI)

11. PARÁBOLA DEL JUEZ INICUO Y LA VIUDA: Lc 18,1-8


El evangelista Lucas se muestra muy atento a subrayar en su evangelio los aspectos referentes a la oración, sus modalidades, sus características.  Y lo hace mostrando antes que nada a Jesús como el gran orante, pero revelándonos también a aquel a quien se dirige la oración de Cristo. La parábola que nos propone revela las disposiciones del corazón de Dios hacia “sus elegidos, que claman a él día y noche”. La enseñanza de Jesús -expresada por medio de una parábola: el juez inicuo y la viuda, es una invitación a perseverar en la oración sin detenerse, advertencia recogida también por Pablo y propuesta por él repetidamente (Rom 12,12; 2 Tes 1,11; Col 1,3).

Dos son los personajes del relato. Un juez que no respeta a nadie y una viuda pobre e indefensa, figura típica de los marginados e indigentes en el mundo bíblico. El que debería administrar justicia es un ser inicuo. Si al final cede, es sólo para alejar a una importuna que se le vuelve insoportable. Paradójica esta enseñanza de Jesús: Si este juez inicuo atiende la causa de la viuda, mucho más escuchará Dios las oraciones de los fieles que se encuentran en necesidad.

Este texto se enmarca en el camino a Jerusalén. Todo el capítulo 17 es ofrecido por Lucas con una serie de instrucciones a los discípulos cuya esencia se resume en el servicio al Reino desde la fe; donde lo que se busca es una sociedad justa, solidaria, fraterna e igualitaria.

Es la segunda vez que el evangelista nos ofrece palabras de Jesús para enseñar a rezar. Ahora por segunda vez recurre de nuevo a parábolas sacadas de la vida diaria para enseñarnos, en el caso de esta parábola del juez y la viuda, la importancia de la insistencia en la oración (Lc 18,1-8).[1] Por medio de ella, se nos revela una imagen de Dios cercana, amiga del hombre y siempre atendiendo a las necesidades que le vamos presentando. 

La oración es el dinamismo propio de la fe que en este caso exige perseverancia y presentar sin descanso la súplica ante Dios. Para mi es fundamental en mi vida el versículo 1 de este capítulo, orar, siempre y sin desfallecer. Entiendo por “siempre”, esa actitud existencial de contar con la gracia de Dios, de pedir su asistencia, y de saber que la oración no responde a un momento puntual sino a una actitud de vida y en el decir agustiniano se trata de la oración continua, oración del deseo por medio de una jaculatoria o una frase breve que nos permita tener levantado el corazón hacia el Señor, porque dice, san Agustín, si se queda en tierra se pudre.[2] Y entiendo sin desfallecer; porque pone en juego nuestra confianza. Orar sin desfallecer es una oración esperanzada, confiada porque se sabe que Dios nos escucha, y requiere la insistencia y perseverancia.

Jesús nos repite continuamente en el Evangelio que el Padre ve y sabe lo que necesitamos. Solamente espera nuestra súplica, pues es la única cosa que podemos darle. Por esto subrayo que la oración es un don de Dios. Dios la concede a quien quiere, como quiere y cuando quiere. La oración no es cuestión de voluntad, ni fruto de un esfuerzo humano, como resaltaré en “el fariseo y el publicano”. Como don de Dios, pide nuestra colaboración, obviamente, y un empeño de nuestra libertad y voluntad. Así como la viuda fue donde el juez para que le resolviera su conflicto, así nosotros tenemos que ir a Dios para que nos de el sentido a la vida. En mis manos está reconocer esta necesidad u ofuscarme en mi menesterosidad y no acudir a la cita con Dios. Así como la viuda es una mujer que no tiene nada ni a nadie que le socorra, y no le queda más que insistirle a un descarado juez que pasa de todo, y mucho más de una donnadie, así nosotros, tenemos que presentarnos ante Dios para solicitarle humildemente lo que nos convierte en mendigos de Dios, como dice san Agustín, en aquellos que todos los días necesitan llamar a la puerta de Dios para pedirle el don de la oración, con la plena conciencia de que con nuestras propias fuerzas jamás podremos alcanzar a Dios.  Dice san Agustín, que “por muy rico que sea uno en la tierra, es un mendigo de Dios. Está el mendigo a la puerta del río y el rico a la puerta del gran rico. Al rico se le pide y éste a su vez. Si no fuera mendigo no pediría con la oración en los oídos de Dios”.[3]

Al hablar de oración sin interrupción  se habla de una oración que no se aparta de la presencia de Dios, por eso no se trata de una oración de minutos o instantes, o puntual; sino de un deseo permanente mantenido firmemente en el corazón del creyente que se convierte en su oración incesante ante Dios, a través del cual se aviva el amor y la esperanza de llegar a participar algún día de los bienes de Dios. Así dice también san Agustín: “Tu deseo es tu oración; si el deseo es continuo, continua es tu oración. Si no quieres dejar de orar, no interrumpas el deseo; tu deseo continuo es tu voz, o sea tu oración continua”.[4]

A diferencia del juez, que demora los asuntos, Dios interviene a buen seguro y de inmediato respecto a los que claman a él día y noche. Lo importante es que cada creyente esté preparado: nadie debe ser encontrado sin esa fe obstinada, que se convierte en oración e invocación incesante, cuando vuelva el Hijo del hombre.

Dios es Padre, Dios es amigo, Dios es juez; pero un Padre cuya ternura no tiene límites y cuyo poder es igual a su amor; un amigo cuyo amor es inalterable y está a la completa disposición de todas nuestras necesidades; un juez siempre justo, al que siempre conmueven nuestras súplicas y que es solícito para responder a ellas. Quiere que le insistamos, impone estas llamadas, reclama estas peticiones, para estar seguro de nuestro amor, para saborear la dulzura de tener una prueba de él, aunque sea interesado”.[5]

En la actualidad, dentro de la vida cristiana y de la vida religiosa hay una gran inquietud por el tema de la oración. La orden de agustinos recoletos en su tarea por revitalizar la orden ha comenzado por volver a la raíz de la espiritualidad agustiniana. Nos estamos dando cuenta que hemos hecho muchas cosas, pero hemos descuidado lo esencial. Volver a la oración es volver a la experiencia fundante que nos trajo a la casa de la vida religiosa. Por esta razón, se están retomando los retiros y los talleres de oración para revivir la espiritualidad agustiniana que hunde sus raíces en la interioridad, es decir, en la conversión, en esa vuelta al interior para curarnos de la dispersión que nos genera este mundo convulsionado pero también nuestra soberbia. Los últimos documentos de la Iglesia, así como el documento final del Congreso de Religiosos del 2004: “Pasión por Cristo, Pasión por la humanidad, reflejan esta inquietud, sobre todo, nos recordaban bajo el icono de la samaritana, el reconocer nuestros “maridos”, y volver al “absoluto de Dios”.  Conocemos también que aunque hay mucha donación en la vida religiosa, la mediocridad y la acedia se nos ha metido dentro de forma que la oración no ocupa el primer lugar en nuestra vida de consagrados. Este texto evangélico es una fuerte llamada a revisar nuestro encuentro personal con Dios y a dejar cuestionar nuestro aburguesamiento progresivo en la vida espiritual.

Por último, este texto compara a los preferidos de Dios, con una viuda. Ello significa que la comunidad cristiana vive su elección bajo el signo de la cruz, de la ausencia de Dios y del desamparo social. Confiar contra toda esperanza es la fe cierta en un Dios, que a pesar de las dificultades siempre nos escucha. Sólo nos pide que perseveremos y que no desfallezcamos. A veces ponemos en tela de juicio la acción de Dios, porque queremos que todo se nos resuelva sin una dosis de sufrimiento y espera prolongada en el Señor. Siento que tenemos que permanecer  y confiar plenamente, porque el Señor, ya nos lo ha dicho: si un juez malo puede arreglar un asunto; Dios mucho más, que es padre, amigo y acompañante cuidará de nosotros y atenderá nuestras necesidades. Para mí, lo más importante en todo esto es mantener la comunión con Dios, pase lo que pase, y suceda lo que suceda.


Nieves María Castro Pertíñez. MAR








[1] Mesters, C. Querido Teófilo, Verbo Divino, 2000.p. 146
[2]  S 229 A, 3
[3] S. 56,9; cf. S. 61,4
[4]  En Ps, 37,14
[5] Zevini, G.Lectio divina para cada día del año. Vol.  15. Ed. Verbo Divino 2003. P. 283

29 de noviembre de 2015

ESPIRITUALIDAD MISIONERA

Rasgos de Espiritualidad misionera:

Vivir según el Espíritu: Es dejar actuar al Espíritu en nuestra persona, respondiendo a sus mociones  y yendo por sus veredas.

Dejarse tocar por la voz amorosa de Dios Trino: Dios es Padre todo amoroso quién nos ha creado por amor, nos ha hecho de barro y dado vida, el amor de Dios es manifestado en su plenitud en la persona de Jesús, su Hijo quien encarnándose en el seno de María se hizo de condición humana, padeció, vivió su pasión hasta la muerte en la cruz y todo lo hizo por amor; resucitó al tercer día, subió a los cielos y en el Espíritu cumplió su promesa de no dejarnos solos. El misionero debe vivir en continua escucha de la voz de Dios, descubriendo en ella su voluntad.

Configurarse con Cristo: El misionero como fruto de su oración poco a poco se va configurando con Cristo, se va haciendo más semejante a su Maestro, quien donó su vida al servicio de sus hermanos, por lo tanto el misionero también debe donar su vida a sus hermanos, como hermano universal.

Tener raíces fuertes: Una casa sin cimientos fuertes ante cualquier sacudida se desploma, de igual manera cuando nuestra persona no está cimentada se cae, debemos ser sarmientos bien adheridos a la Vid.

Responder al llamado a la santidad: La llamada universal que Dios nos hace es a la santidad, independientemente de la vocación específica de cada persona. Respondamos con generosidad a la llamada de Dios y andemos por su camino.

Andar en el camino de hermanos: Al igual que el buen samaritano, andemos por el camino de los hermanos, no seamos indiferentes ante el hermano que sufre, hoy en día a diario encontramos hermanos necesitados de una mano, cojámoslo pues y llevémoslo en nuestra cabalgadura. “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí.” (Mt 25, 40)
Búsqueda de Dios: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti” (san Agustín). El hombre solo encontrará la verdad en Dios, pero es necesario hacer un trabajo de búsqueda, buscar a Dios que nos ha buscado primero y nos atrae hacia sí con lazos de amor.

Apertura del corazón: La única manera de dejar que el Espíritu Santo nos guíe es abriéndole nuestro corazón de par en par, ser dócil al Espíritu y caminar según el Espíritu.

Fortalecimiento de la fe: Dios es nuestra única seguridad en el camino; todo misionero debe afianzar su confianza en Dios para permanecer de pie y fuerte ante las tribulaciones que implica la misma misión.

Palabra de Dios como uno de los medios prioritarios: Comer todos los días Palabra de Dios… ese debe de ser el alimento del cristiano y más aún del misionero, en ella Dios habla, nos da sus invitaciones y desde ella el hombre va realizando su proceso de conversión, pues qué mejor discernimiento que interpelarse por la Palabra de Dios que nunca pasa.

Somos barro, pero Dios construye desde lo que somos: Cuando la persona se entrega a Dios es capaz de reconocer su miseria, pero sin desánimo, más bien reconociendo la inmensa misericordia que ha tenido Dios con él a lo largo de la vida. Dios se vale de cada uno de nosotros para hacer su obra; lo importante es confiar en Él y saber que nosotros no podemos solos pero que para Dios nada es imposible.

Apertura a la realidad: Para que un cristiano, misionero, realice el plan de Dios, debe estar en continua salida de sí mismo para percatarse de las necesidades que le rodean y así buscar dar respuesta a ello.

Proceso continuo de conversión: Responder a la llamada a la santidad es vivir en continua conversión, nunca podremos confiarnos y pensar que hemos llegado a la perfección, ¡¡NO!! La vida es una continua conversión, es levantar el corazón a Dios y dejarlo prendado en Él. Nuevamente es reconocer nuestro pecado y confiar en la gracia de Dios y dar gracias, como lo hizo el leproso extranjero, que regresó para dar gloria a Dios.


Donación: Entregar la vida al 100% a Dios, responder con gratitud siguiendo los pasos de Jesús. Es una entrega total (indivisa).


Miriam Viviana Horta Colín, Novicia MAR

28 de noviembre de 2015

Primer Domingo de Adviento del Ciclo C. (Lc. 21, 25-28. 34-36).

“Estén despiertos y oren incesantemente”.

Da clic al enlace para disfrutar del audio de la Lectio Divina: ENCUENTROS CON JESÚS (C) - 1º DOMINGO DE ADVIENTO. Llamada a la esperanza. ¡Levantaos, se acerca vuestra liberación!


“No rezar es esto: cerrar la puerta al Señor, para que no pueda hacer nada. En cambio, la oración, ante un problema, una situación difícil, una calamidad, es abrir la puerta al Señor para que venga. Porque Él hace nuevas las cosas, sabe arreglar las cosas, ponerlas en su sitio”
(Papa Francisco)

En este día comenzamos un nuevo año cristiano, en el ciclo C el Señor nos hablará por medio del evangelio de Lucas, escrito entre los años 80-90, dirigido a una comunidad cristiana de origen helenista, convertidos al paganismo. Intenta dar respuesta a algunas de las problemáticas de su tiempo: la esperanza ha decaído, hay dudas y crisis, la propuesta de la comunidad de hermanos encuentra dificultades en su práctica.

También iniciamos el tiempo de Adviento, tiempo de espera, preparación para la venida del Mesías, el Hijo de Dios. Nos acompañarán los profetas (Jeremías, Baruc, Sofonías y Miqueas) que anuncian un tiempo de restauración de todo lo humano; Juan el Bautista y, sobre todo, la Madre de Jesús en esta nuestra preparación. El Adviento es un tiempo favorable para reavivar nuestra esperanza, por la alegría del Señor que viene a visitarnos.

Invocación al Espíritu

Escuchemos este canto con la convicción que el Santo Espíritu de Dios tiene el poder para preparar nuestro corazón, con su amor, su fuerza, su misericordia; ilumina, abre los ojos de nuestro corazón, para encontrarnos con la Palabra y el mensaje que tiene Dios para nosotros hoy.


Lectura.

“Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas.   En la tierra se angustiarán los pueblos, desconcertados por el estruendo del mar y del oleaje.  Los hombres desfallecerán de miedo, aguardando lo que le va a suceder al mundo; porque hasta las fuerzas del universo se tambalearán.
  Entonces verán al Hijo del Hombre que llega en una nube con gran poder y gloria. Cuando comience a suceder todo eso, enderécense y levanten la cabeza, porque ha llegado el día de su liberación.
  Presten atención, no se dejen aturdir con el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que aquel día no los sorprenda de repente porque caerá como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra.
  Estén despiertos y oren incesantemente, pidiendo poder escapar de cuánto va a suceder, así podrán presentarse seguros ante el Hijo del Hombre.”[1]

Algunas preguntas que nos pueden ayudar para descubrir que dice el texto son:

1. ¿Cómo comienza el texto?
2. ¿Quién es el que dirige el discurso?
3. ¿Cuáles son las señales que dice el evangelista?
4. ¿Quién aparecerá y de qué forma lo hará?
5. ¿Cuándo suceda esto qué debemos hacer los que creemos en Cristo?
6. ¿Qué es lo único que permanecerá, luego del fin de todo?
7. ¿Cómo debemos estar atentos?
8. ¿Qué significa estar despiertos y orar incesantemente?

Jesús continua el discurso apocalíptico,  hablando de una situación donde habrá señales en los astros, angustia, desconcierto, los hombres desfallecerán de miedo, aguardando lo que le va a suceder al mundo; porque hasta las fuerzas del universo se tambalearán, un mensaje trágico, que hace temblar a cualquiera.

Pero no se queda en esta tristeza, desesperación, nos da una esperanza, nos dice: “verán al Hijo del Hombre que llega en una nube con gran poder y gloria”, Cuando comience a suceder todo eso, enderécense y levanten la cabeza, porque ha llegado el día de su liberación”. Ningún tipo de mal terreno ha de desesperar a los seguidores de Jesús, porque Él vendrá con su Reino a liberarnos.

Luego Jesús advierte ante el peligro de la dispersión, de poner nuestro corazón en las cosas del mundo, es necesario para el discípulo de Jesús el auto control, no dejarse llevar por todo lo que se le antoja, buscar en todo hacer la voluntad de Dios, bailar la música que Dios pone, del amor, la entrega, la paz, la misericordia, la justicia…

Enseguida  invita a estar despiertos y orar incesantemente, para poder presentarnos seguros ante el Hijo del Hombre. Mantener esa actitud tan propia del Adviento de esperar, de la espera alegre ante cualquier tipo de situación, porque viene nuestra salvación, viene el Reino tan distinto a los reinos de este mundo, ese Reino que se va dando dentro de nosotros, en lo más profundo y que al que es necesario despertar.

Meditación.

Reconociendo qué dice el texto, introduzcámonos un poco más en este encuentro y preguntémonos ¿qué me quiere decir hoy a mí Dios en este texto?

Algunas preguntas que nos pueden servir para la meditación:

Ø ¿Qué situaciones de actualidad me preocupan? ¿estás a que me llevan a desesperarme y creer que todo está perdido o  a presentárselas al Dios que todo lo puede, con fe y esperanza?
Ø ¿En qué espero, en mis propias fuerzas o en la de los demás; o en la fuerza de Dios?
Ø ¿En mi vida reconozco a Jesús que me viene a liberar, a salvar, a darme vida, cambiarlo todo,  o vivo de tejas para abajo, sujeta(o) a lo que sucede, justificándome en el “yo soy así”?
Ø ¿Qué es más importante para mí: darle rienda suelta a mis deseos humanos, o buscar con empeño la voluntad de Dios?
Ø ¿Qué cosas me atan?
Ø ¿Camino con libertad?
Ø ¿Hago lo que quiere Dios?
Ø ¿Cómo es mi oración, es la oración del que confía, agradece, se siente abandonado en el Señor, en el que están puestas todas sus esperanzas; o es una oración de mera petición, donde Dios está solo cuando lo que yo quiero sucede?

Oración.

Ante esta meditación, donde hemos descubierto lo que nos dice Dios en el hoy de nuestra vida, es necesario darle una respuesta: ¿Qué le digo yo a Dios?...

Señor bueno, te doy las gracias por este diálogo tan importante. A veces estoy distraída/o y las cosas de este mundo me hacen olvidar lo más importante.  Te pido, Señor, que me des la fuerza de voluntad para que cada acción de mi vida esté orientada Ti. Te doy Gracias Señor, porque me ofreces la liberación. Señor, que no me deje aturdir por los vicios, la embriaguez y las preocupaciones cotidianas. Que no me envuelva la rutina. Que cada día sea un nuevo momento de encuentro contigo. Que viva Señor de acuerdo a Tu Palabra y no de acuerdo a los criterios del mundo. Amén[2]

Contemplación.

Escuchemos esta canción del Benedictus, profundizando esa invitación que nos hace el Señor de despertar y orar incesantemente.


Acción.

La oración debe siempre llevarnos a una acción, a compartir el amor que Dios nos da, así que te invito a que en un momento de silencio reconozcas una actitud negativa en la que trabajarás durante la semana para preparar tu corazón para la llegada de Jesús.


Karen Polanco Peguero




[1] http://bibliadenuestropueblo.com/BNP_OL_03.asp?LIB=Lucas&CAP=21

27 de noviembre de 2015

¿Qué implica para mí el seguimiento de Jesús en este estilo de vida?

El seguimiento desde lo vivido y experimentado implica  una donación y entrega al proyecto de Dios, que conlleva  un despojo de mi  persona. En este sendero me siento  enviada al igual que Jesús a ser consuelo y compañía para el que sufre. Llamada a  ser una persona de caridad que anuncie con su vida el amor de Dios, para ser un  signo visible de ese amor, en los lugares donde no se conoce a Dios.

El seguimiento de Jesús es una experiencia, un encuentro de la persona de Jesús en el otro; un don de Dios, el cual debo apreciar cada día y sentirme feliz por haberme elegido entre tantos. El seguimiento lo he podido experimentar en el encuentro conmigo misma  y con el hermano, desde la experiencia vivida. Esta experiencia ha marcado mi existencia.

Cada vez que voy conociendo más la persona de Jesús, me enamoro de su forma de actuar, de amar y apasionada al igual que él por el Reino. Este seguimiento me lleva cada día a discernir la voluntad de Dios.

El seguimiento de Jesús conlleva  dejarlo todo, pero sabiendo afrontar las consecuencias que acarrea esta decisión. Pero tengo la certeza de que Dios camina a mi  lado . Es También   afrontar con valentía y coraje el camino, dejando atrás el miedo de las críticas de los demás y aferrarme al amor de Dios ,que es único  e incomparable. Dios me  invita a no dejarme paralizar por el miedo y mis propias críticas.

Nadie puede decidir por mi  vocación, solo Dios. El camino no es fácil, pero vale la pena arriesgarlo todo por amor a mi  único amor. Es abandonarme en brazos de Dios y confiarle mi vida. A través de cada dificultad y crisis él me va haciendo más fuerte. Dios es la fuerza de mi  corazón.

En este trayecto Dios va sanando y curando mis  heridas, tanto personal, familiar y comunitaria. En cada ser está Dios y siempre nos habla por medio de ellos, nos quiere hacer más fuertes y ayuda a romper barreras que me paralizan por momentos, pero no olvidar de  que Dios es mi  consuelo y en él está mi esperanza.

Y ¿quien dijo que el camino del discípulo es cosa fácil? , púes no, hay que seguir luchando por lo que amo. Ser feliz a pesar de las dificultades que pueda  tener en el seguimiento de Jesús. Me siento adherida a la vida de Jesús; a ser testimonio de amor y alegría en esta misión.

En este caminar me siento al igual que Jesús bienaventurada de trasmitir con lo que voy recibiendo mi experiencia de Dios, con quienes comparto; sabiendo que lo que recibo gratis debo darlo gratis. En este seguimiento el establecer mi relación con Él, me he mantenido fiel a su amor.

En este recorrido me siento llamada a lanzarme a las periferias y a salir de mí para darme a los demás. Dios me va manifestando su rostro en cada  ser humano, y eso mueve en mi interior unas fuerzas para contribuir a formar  comunidad de amor.

Cada día que pasa me siento necesitada de la gracia de Dios, principalmente en esos momentos de dificultades, pero a la vez me siento amada por Dios; un amor de Padre a hija, mediante mí encuentro con él en la oración. Este medio me ayuda a seguir dando pasos y no dejar de avanzar. Cada día le pido a Dios el don de la Fe, ya que  seguir a Jesús implica una confianza en Él.

El seguimiento a Jesús exige ciertas condiciones que hay llevar a cabo en este sí que le he dado a Él. Es una adhesión a él en el que ya no me pertenezco. Me exige despojarme de mí, dejar atrás mi intereses, para abrirme a los demás. Nuestra vida cambia, pero ese cambio ya no lo veo como cumplimiento, sino en libertad.

Es también abrazar la cruz al estilo de Jesús; asumiendo las consecuencias que  trae el llevarla, pero viendo en ella la presencia de Dios. En el seguir los pasos de Jesús, voy percibiendo que no voy caminando sola, sino que a mi lado van otros que siguen este rumbo; que acompañan y dan fortaleza, para no  quedarme extasiada; que son  instrumentos de Dios en medio de mi  encuentro con el amado.

Tengo la certeza de que al dar  ese sí,  lo demás Dios lo pondrá, ya que él lo que promete lo cumple, solo tengo que perseverar y no desfallecer. También puedo decir que el seguimiento no es algo solo para los religiosos, sino que es visible a todo ser cristiano, solo que se hace esta llamada, pero no todos lo acogen.

Seguir a Jesús conlleva a dejarme afectar por esa realidad y saber que Jesús pasó por esa situación y esto lo llevó a donarse por los más pobres. Ante esa realidad estoy llamada a ver y actuar y no  ser indiferente a lo que acontece en esos alrededores; es escuchar la voz de Dios donde la vida clama.

Para terminar puedo decir que me siento y estoy enamorada de Jesús. Solo su presencia llena mi vida en este caminar.


“Prometí al Señor no dejarle nunca, por muchos y grandes sufrimientos que tuviera”; luego le pedí me ayudase a cumplir lo que acababa de prometerle.

M. Ángeles.

Santa Isabel Mojica
Novicia MAR

26 de noviembre de 2015

REFLEXIÓN DE TEXTOS SOBRE LA ORACIÓN DE JESÚS Y ALUSIVOS EN EL EVANGELIO DE LUCAS (X)

10. DOS PARÁBOLAS SOBRE LA ORACIÓN.
Lc 11,5-13


Continuando con la parábola de la oración, (11,1-4), Lucas nos recuerda la parábola de Jesús sobre el amigo inoportuno cuyo tema es la eficacia de una oración perseverante (11, 5-8), tema que completará más adelante con la parábola del juez y la viuda (18,1-8). Si entre los seres humanos, el que pide insistentemente consigue lo que quiere, con mayor razón lo conseguirá el hijo de Dios cuando le pide a su Padre celestial lo que le conviene (11,2). Tres imperativos caracterizan la oración perseverante: “Pidan”…, “busquen”…, llamen”; el que hace oración de esa manera debe tener la seguridad de que será escuchado por Dios (11,9-10). Luego, con dos ejemplos tomados de la vida cotidiana que van de lo menor a lo mayor (11,11-12), Jesús enseña  las “cosas buenas” que el Padre concede a los que oran con insistencia: si los padres de esta tierra, que son malos, dan cosas buenas a su hijos, Dios, que es Padre y la bondad misma, sin duda que dará lo mejor que él puede dar a sus hijos que acuden a él: su Espíritu Santo.

El texto en estudio está a continuación del Padrenuestro que en el anterior trabajo se ha analizado. Complementando la oración del Padre nuestro, Jesús propone estas dos parábolas que acentúan la importancia de la oración basada en la confianza.

En la parábola del amigo inoportuno tenemos una verdadera catequesis sobre la confianza en la oración. En ella se subraya la importancia de la oración continua y la perseverancia. Esta oración quedará refrendada en Lc 18,1, donde se nos vuelve a invitar a una oración sin desfallecer. Me llama la atención en el estudio realizado la imagen que  presenta Lucas sobre ese Dios al que tenemos que pedir y dirigirnos. Es un Dios amigo, es un padre, no es un patrón, es un padre que por tanto ofrece plena confianza y no titubea a darnos lo que realmente necesitamos. Se nos invita a pedir, a llamar, a buscar, son las actitudes existencias que el hombre necesitado tiene  a manifestar. Si humanamente, nosotros, podemos acceder a favores aunque sea mediocremente o con intenciones no muy rectas, Dios siempre nos atenderá y por tanto, nuestra oración tiene que ser una oración de confianza pero sobre todo, es que a quien pedimos no es cualquiera, sino el Dios revelado en Jesús que nos lo manifiesta como Padre y un padre que nos ama profundamente.

En la segunda parte del texto vemos cómo la oración siempre alcanza su objetivo: el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama se le abre. Se trata de perseverar, de no desesperar, y yo diría que nuestra oración no sea un esperar lo que yo quiero sino un ir aceptando lo que Dios realmente quiere.

Dios nos escucha, pero no en los tiempos y en los modos que fijamos nosotros. La oración oída es la oración que nos transforma, que nos hace entrar, bajo el impulso del Espíritu, en el proyecto de Dios, que nos introduce en su acción. No se trata de una oración automática, sino de una oración que nos va regalando el Espíritu Santo para ir aceptando lo que Dios nos va mostrando. Con este Espíritu, como Jesús, podremos ir  afrontando  las situaciones de la vida con la fuerza de Dios.

San Agustín, el doctor de la gracia, me hace comprender en mi vida diaria que la oración requiere de mi parte una actitud de mendiga. Se trata para mí, de ir a la oración necesitada de la gracia. Nada de lo que tengo ni he recibido me pertenece. Todo lo bueno que tengo es de Dios y lo malo es mío y fruto de mi pecado. Entonces, me uno a la oración agustiniana “Dame Señor lo que mandas, y manda los que quieras”.

La eficacia de la oración existe siempre y cuando haya fe verdadera, entrega total de mi querer al querer de Dios. San Agustín, también dice, Dios siempre habla pero hay que hacer silencio para escucharle. Tal vez, en nuestras oraciones, hablamos muchos, pedimos mucho, y no pedimos con el Espíritu, es decir, con los gemidos del Espíritu que es la verdadera oración, en el decir agustiniano, es el clamor del corazón. Por eso, me quedo también con la propuesta agustiniana de avivar el deseo. Dejarás de orar cuando dejes de desear. Que el deseo sea tu oración. [1] Cuando le pedimos a Dios que nos ayude -manifestando así nuestra debilidad y nuestra confianza de hijos, nos ponemos en sintonía con sus deseos, que son previos a los nuestros.

Por otro lado, también en el decir agustiniano, es necesario antes que nada pedir el Espíritu Santo, como nos propone Lucas, porque en realidad, yo no voy a la oración porque quiero, siendo, que esa misma decisión me la regala Dios.


Nieves María Castro Pertíñez. MAR





[1] Io.ev.tr.10,13